Por Francisco Olivera - La intranquilidad volvió ayer a la papelera Massuh. No por nada que tuviera que ver específicamente con las operaciones de la empresa, que le arrendó las fábricas al secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, pero sí sustentada en cuestiones bastante más elementales: el sector empresarial argentino no sabe qué ocurrirá con el país más allá de la semana próxima. Moreno fue ayer a trabajar como todos los días. "¿Pero qué va a pasar si se tiene que ir? -se preguntaba anoche un industrial-. ¿Van a nombrar un interventor que se quede hasta con las chimeneas?" Una buena parte de estos desvelos recrudecieron -tras el breve alivio instalado entre los empresarios en la noche de las elecciones- inmediatamente ayer, después del discurso de la presidenta Cristina Kirchner. "Otra vez la maestra, otra vez los consejos... ¿Nadie le dijo que con esto la gente pierde la paciencia?", se quejaron en una cámara textil. "Un discurso negador de la realidad. No se dio por enterada del resultado de las elecciones", agregó un petrolero. "No era necesario tanto; es insólito: todos volvimos a la misma decepción", concluyeron en un banco. Tantas incógnitas dan pie a patriadas de dudoso resultado. La Unión Industrial Argentina (UIA) intentará, por ejemplo, volver esta semana con la misma propuesta que fracasó hace un año por el conflicto agropecuario: el acuerdo del Bicentenario. Un ensayo conciliador en un contexto que los empresarios imaginan turbulento no sólo por las múltiples conversaciones que mantienen entre sí, sino porque han extendido sus sondeos al mundo de la política, infinitamente más directo y locuaz. Y el humor que perciben en el peronismo no es el más alentador. En el entorno de Daniel Scioli ya no se preocupan por ocultar que el gobernador bonaerense cometió un error, que se envalentonó, ciego, hacia una derrota innecesaria y que será difícil que el PJ lo acepte como conductor. Algo de esto adelantó ayer Antonio Cafiero en las radios. Scioli se peleó definitivamente con su hermano José Scioli, secretario general de la Gobernación, y, desde un principio, bastante menos optimista que el ex motonauta con los resultados. En la complicada noche del domingo, toda la euforia provenía en realidad desde el piso 19 del hotel Intercontinental, donde el ex presidente Néstor Kirchner siguió los comicios. Kirchner estaba ayer convencido de que dos pasos serían suficientes para distender: su particular entrevista con la agencia Télam y el discurso de Cristina. "Fue más alentadora esa entrevista que las palabras de la Presidenta -dijo a LA NACION el dueño de una empresa fabril-. Alguno de los dos estaba equivocado: o perdieron y había que dejar la conducción del PJ, como hizo Néstor, o ganaron y no alcanzó en Santa Cruz solamente porque no apoyaron lo suficiente, como dijo Cristina. Esta mujer no tiene la menor empatía: fue un discurso desastroso." Patti y el otro Narváez Algunos ejecutivos se convencieron definitivamente del aislamiento gubernamental ayer, cuando escucharon insólitas quejas de funcionarios del PJ bonaerense: se lamentaban de no haber podido sostener la candidatura del Narváez apócrifo o Luis Patti, dos boletas que, dicen, les habrían restado dos puntos a los ganadores. Los empresarios imaginan, por lo tanto, poca disposición a la autocrítica y escasas modificaciones en el gabinete. No sólo por una supuesta obcecación, sino también porque nadie ignora que el kirchnerismo siempre ha tenido muy poca gente disponible. Hay sobrados ejemplos, pero el más elocuente puede ser la última aventura en Aerolíneas Argentinas, cuyos cinco directores pueden dar cátedra de cualquier cosa menos de industria aeronáutica. "Para colmo, la Presidenta basurea en público a [Sergio] Massa por no saber la cotización del real brasileño -se quejaron en la junta directiva de la UIA-. ¿Quién de prestigio se va a querer subir a ese gabinete?" De ahí la intención industrial por apostar, por lo menos de manera unilateral, a una concertación en la que casi nadie cree. |