“Todo vuelve”, decía un amigo, coleccionista de antigüedades el hombre, a quien sorprendí mientras contaba un viejo fajo de menemtruchos (circa 1995) con la intención de pasar por la feria del barrio y hacer trueque por un par de jeans nevados, un yo-yo Bronco (sin hilo) y un reloj-jueguito.
Tanto rebuscar en lo retro, los frecuentadores del mercado financiero dieron con un hallazgo que no le va en zaga a los campeones orientales del yo-yo: con las continuas compras de dólares del Banco Central y la baja expectativa de devaluación, se ha reactivado una actividad deportiva que, de a ratos, parece convocar más entusiasmo que las canchas de paddle a comienzos de los 90: el ciclismo financiero.
Hoy los inversores venden dólares al contado (spot) y los pesos que se obtienen por la inusual operación se colocan en un plazo fijo a 30 días. Se recibe así un interés del 14% anual. Para no quedar descubiertos en dólares –y expuestos a una (im)probable devaluación–, esos mismos inversores compran contratos de dólar a futuro, que para ser celebrados, no necesitan de los pesos cash y sí ofrecen cobertura.
Si el inversor quiere asegurarse una cotización de $ 4,11 para septiembre de 2010 (tal era el valor ayer del futuro), hoy debería pagar una prima de 7% de interés tanto en el Mercado Abierto Electrónico (MAE) como en el Rofex (Mercado a Término de Rosario). Así, el interés (el costo) que tienen que pagar por comprar dólares para dentro de un año a un precio fijo, es la mitad de la que obtienen por un plazo fijo en pesos. Esto se traduce finalmente en una tasa del 7% anual en dólares para la inversión antes mencionada.
Una brújula a la derecha
Sin embargo, a futuro, el mapa para el inversor local no ahorra complejidad y los obliga a estar bien atentos para resistir en varios frentes.
La devaluación silenciosa que Mr. Barack Obama lleva adelante con su moneda –el euro ronda las 1,50 unidades de dólar– y la caída de aversión al riesgo por parte de los inversores del globo (no C.A. Huracán), ha provocado una fuerte entrada de dinero a los mercados financieros y bursátiles, especialmente en los emergentes. Los precios de acciones y bonos duplican, en algunos casos, los que ostentaban hace apenas algunos meses, si bien, en general, no han alcanzado los niveles pre-caída de los mentados Hermanos Lehman. Esto ha evidenciado la masiva mega-maxi-salida de dólares de bolsillos anónimos, que ya buscan afanosamente escapar de la debilidad del dólar y mutar hacia alguna forma de inversión, ya sea metales, agro-commodities, bonos, energía o chupetines-chicle. Tanto afán por posicionarse en activos ha llevado a un exceso de liquidez. Como consecuencia, el dólar local (“pesos”, por sus siglas en criollo) duerme el sueño de los redradus y desde hace numerosas semanas permanece sin variaciones importantes.
No obstante, si bien las olas de volatilidad que vienen del exterior son más bajas y con poca espuma, y la devaluación del dólar (sumado a la apreciación del real brasileño) le ha dado tranquilidad al Banco Central, un cambio de dirección en el mercado de divisas, una revancha del dólar, una caída de los commodities, un regreso al cálido refugio de los bonos del Tesoro de EE.UU., podría reactivar la devaluación doméstica con el fin de conservar la competitividad. Por otro, y suponiendo que perdurara el escenario actual, la afluencia de dólares que proveen los inversores –interesados en pasarse a pesos para capitalizar la “siesta” del dólar–-, como también la constante liquidación de los exportadores, se verá profundizada por los empresarios, que en diciembre deberán deshacerse de dólares para conseguir pesos y pagar vacaciones y aguinaldos. La fuerte oferta de dólares podría poner en aprietos al BCRA, que debe vender pesos y salir a “esterilizarlos”. Ni siquiera ayudaría la reaparición de una casta (otrora prohibida) de personas cuyo oficio consiste en comprar productos en el exterior (“importadores”, les dicen); quienes para el Gobierno son una rara avis rescatada del arcón de los recuerdos. Tantos pesos en danza desplomarían las tasas de los plazos fijo y volvería a poner el foco en el verdadero problema: la inflación. Por ahora, los coleccionistas están atentos: buscan una bicicleta financiera, todo terreno, manubrio blando y asiento ancho, para usarla dos o tres meses. Julián Guarino Subeditor de Finanzas jguarino@cronista.com |