Por Jorge Oviedo - Si alguna vez la hubo, no existe más la Argentina que pudo evitar un mayor impacto de la crisis internacional porque tenía superávit fiscal y no dependía de los préstamos del exterior. El anuncio de Cristina Kirchner y Amado Boudou es una confesión de que la situación fiscal es muy mala, que el Gobierno no tiene intenciones de remediarla de manera genuina, que necesita financiamiento externo urgentemente y que sólo si utiliza las reservas del Banco Central para pagar a los prestamistas podrá cerrar la brecha. Una vez más, queda claro que la independencia del Banco Central es limitada y que el Gobierno no vacila en tomar medidas que ponen en riesgo la estabilidad cambiaria y apuntan a generar inflación con tal de garantizar el pago a los acreedores externos. Los Kirchner perderán este año el invicto en materia de superávit fiscal y terminarán el año con las cuentas en rojo, según parecen apuntarlo todos los números oficiales, incluso a pesar de las intensas operaciones de maquillaje contable. Decir que las reservas se usarán para pagar la deuda, es, en realidad, decir que se usarán para pagar los gastos del Estado. Y que quienes quieran prestar capitales de corto plazo tendrá la certeza de que al menos en 2010 no habrá cesación de pagos. Si esa medida es inflacionaria o devaluatoria, no parece importar. La medida generará también un fuerte beneficio para los financistas del exterior que lograrán colocar con mínimos riesgos recursos que hoy en día son abundantes a tasas que serán muy superiores a las que pagan los países confiables, como Brasil, Chile y Perú. La utilización de las reservas para financiar el déficit ha tenido en la Argentina una tristísima historia, que siempre desembocó en crisis muy fuertes con costos altísimos para los tenedores de moneda local, de deuda o de depósitos bancarios. Cristina y Boudou dicen ahora que la historia no se repetirá, aunque ellos repitan la receta. |