Por Julián Guarino - Dicen que el simple aleteo de una mariposa puede desvirtuarlo todo. Lo que esta reflexión se ahorra es que, muchas veces, ni siquiera se necesita de la mariposa y su aleteo para vaciar de sentido cualquier circunstancia.
Quienes comprenden sustancialmente este proceso son los miembros de la troupe del “realismo mágico kirchnerista”, un movimiento que postula a lo inesperado como dogma y a la paradoja como la herramienta que nutre esa fe.
Sólo desde este lugar de privilegio enarbolado bajo el imperio de la omnipotencia es posible comprender lo que sigue: créase o no, Argentina ofrecerá a los bonistas que quedaron afuera del canje flamantes bonos que ya son objeto de controversia legal y que, para la ley que rige esos contratos, se encuentran en default. A la vez, la submedición de la inflación que alimenta este increíble argumento es apuntalado bajo la triste idea de un impuesto inflacionario que le roba riqueza a todo aquél que utiliza billetes y monedas y que se lo transfiere a quien las emite.
Ya en pleno escenario de canje, de las dos fórmulas que se ofrecerán a los inversores, una estará conformada por el bono Discount, cuya naturaleza establece una tasa de interés ajustada por el Coeficiente de Estabilización de Referencia (CER), un indicador que releva el Índice de Precios al Consumidor (IPC) del Indec.
El detalle –que hace la diferencia– es que desde hace años, el Gobierno se encargó de aplicar un default selectivo de deuda ajustable por vía de una risible submedición de precios. Ergo, a los intransigentes bonistas que prefirieron no entrar en la reestructuración argentina del 2005, se les pondrá en las manos bonos que ya son susceptibles de generar controversia, y que, si bien prometen incorporar la inflación, en rigor, no lo hacen desde hace tiempo.
Pero las contradicciones lógicas no se reducen sólo al escenario del canje de deuda. Entre los esfuerzos que hace el Gobierno para sostener sus argumentos se esconden algunas que tocan de cerca al Banco Central. En los últimos días, la Casa Rosada ha esbozado como triunfo el giro de las utilidades que ha obtenido del BCRA. Pero el “festejo” no debiera ser tal: las utilidades del BCRA son meros ajustes contables que tienen lugar a partir de la devaluación del peso. Es más: esas utilidades son alimentadas por la inflación, una franca transferencia de riqueza de todo aquél que utiliza pesos argentinos a quien los emite (el BCRA).
Esta ganancia, que sólo quedaría asentada en los libros, hoy tiene cuerpo y alma: el cuerpo es la emisión monetaria y el alma es un sistema que retroalimenta la inflación. Así, la lógica implícita postula que a más devaluación, más utilidades, más emisión, más inflación, más utilidades... un esquema cuya naturaleza es inflamable. Son $ 32.000 millones por adelantos y utilidades a los que habrá que agregar más de $ 8.000 millones con los que Marcó del Pont cancelará deudas del Tesoro con organismos. Esos $ 40.000 millones equivalen a la mitad del circulante.
Sin embargo, al final de cuentas (literal) todo realismo mágico propenso a crear paradojas tiene, por su propia naturaleza, una raigambre de (in)sensatez. Así como el BCRA ya había sido la niña mimada del Gobierno –en los últimos años alteró en dos oportunidades la Carta Orgánica–, así también la inflación ya había sido bien recibida en 2007, cuando se decidió, en lugar de contenerla, apuntalarla y esconder sus números debajo de la alfombra.
Crimen y castigo, el regreso
Si bien la devaluación alimenta las posibilidades del Gobierno para seguir emitiendo pesos, la quietud del dólar sobrevive gracias a una sospecha de la Casa Rosada: si hay movimientos bruscos en el tipo de cambio, habrá salida de capitales: esto traería un aumento en el costo del dinero, algo que no concuerda con el explosivo plan de consumo puesto en marcha.
Lo que pesa sobre la cabeza de quienes comandan la política económica es el viejo dilema que planteó, con mejor literatura, Milton Friedman: ¿subir los impuestos, emitir bonos o bajar el gasto? Por un lado, el gasto no sólo no va a disminuir sino que va a seguir aumentando. A la vez, si bien la recaudación tributaria goza de buena salud, el incremento del gasto va a una velocidad mayor.
Hoy la fuente más rápida y segura de fondos es el mercado financiero internacional. Ahora bien: el Gobierno no la tiene fácil: por un lado debe salir a los mercados a colocar deuda. Pero para ello debe, primero, dar señales de que piensa recortar el gasto. Así como nadie le presta plata a un derrochador serial, ningún inversor correrá a comprar bonos si quien emite estos títulos utiliza los recursos para pagar gasto corriente.
Así como la relación causa-efecto se da en todos los eventos de la vida, así también un pequeño cambio puede generar grandes resultados: el aleteo de una mariposa en Montevideo puede desatar una tormenta en Tokio; o una muestra de sentido común por parte del Gobierno argentino puede, definitivamente, volver a insertar al país bajo la atenta mirada del mundo inversor.
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