Por Julián Guarino - ¿Dólares o televisores de pantalla plana en 50 cuotas? Con la crisis griega, portuguesa, bolognesa, cuatro quesos, y hasta española poniéndole un precio cada vez más elevado al riesgo del inversor en el mundo, los argentinos –cuya crisis de comienzos de milenio es utilizada en escuelas alemanas para anticipar lo que va a pasar con los “nefasten” griegos– parecen extrañamente divorciados de lo que acontece en el mundo desarrollado.
El rollo del desencanto doméstico tiene su parentesco con la década infame, pues hay quienes se remontan a fines de los 90 y sostienen que hoy la moneda local tiene los mismos síntomas de atraso. Esto, en un contexto donde las tasas de interés low-cost de EE.UU. acuden en auxilio de Europa pero nadie garantiza que el dólar conserve su posición de “segunda” moneda frente al euro, máxime si se tiene en cuenta que lo que viene es la versión europea de “El día después de mañana”.
El dato es la fortaleza que podría ganar el dólar en el mundo en función de la desconfianza con el euro y el efecto que esto podría tener en una moneda “atada” al dólar como es el peso argentino. Ayer el dólar tocó u$s 1,31 y hay quienes estiman aún más recorte.
Si bien Shakespeare, que sabía de devaluación pero mucho más del ser humano, decía que era mejor ser “rey” de tu silencio que “esclavo” de tus palabras, pocos convidados a la escena local se han reservado la opinión sobre el tipo de cambio ideal para la Argentina. Desde Eduardo Buzzi, titular de Federación Agraria, pasando por Cristiano Ratazzi, presidente de FIAT e incluso algunos devaneos encriptados de Ricardo Fort (ex-chocolates, hoy pop-star), cada quien tiene, tuvo y tendrá su martingala cambiaria.
Los que fundamentan la debilidad a ultranza para seguir teniendo qué exportar, lo hacen porque dan por sentado que la productividad es una variable minúscula e inexplorada o demasiado espinosa para ser conquistada.
Otros, porque reconocen que no hay quien tenga oportunidad (política) en el Gobierno de mirar más allá de 2011 y se proponga sembrar a futuro sin rindes a corto plazo.
Sí, en cambio, se intuye la predisposición a tocar la válvula del ajuste cambiario o, en el peor de los casos, a sacarle ceros a la moneda. Los argentinians saben de eso: en las últimas décadas le sacaron trece ceros al humilde billete. Como diagnostica –cada vez que lo dejan– el Dr. López Murphy, por cada cero que el viento se llevó, hay detrás 1.000% de inflación.
De todas formas la preocupación se halla, ahora, y para algunos, en las antípodas: de temer que sea excesiva la maniobra devaluatoria, ahora se reclama que el tipo de cambio está atrasado. En los últimos siete meses, el tipo de cambio nominal sólo tuvo una suba de 1%: a mediados de septiembre de 2009 se ubicaba en 3,85 pesos por dólar y ahora, en abril de 2010, alcanza a 3,90.
No se puede tapar el sol con la mano: ningún precio de la economía subió tan poco en ese período, con excepción de las subsidiadas tarifas.
Esto trae desenlaces inesperados: mientras en épocas de acelerada devaluación los que reclaman son los ahorristas, hoy son los empresarios y algunos economistas cercanos al desarrollismo los que ponen en juego su retórica no-frost con advertencias.
Ahora bien: el argumento que es blandido por algunos para devaluar resulta el mismo que el Gobierno urde para no mover el tipo de cambio: la inflación. Mientras el aumento de los costos en pesos es profesado por empresarios para convalidar un valor cercano a $ 4,70, los pocos alineados K que se animan a la confesión señalan que todo parece un plan de Kirchner para que algunos argentinos, –los que pueden ahorrar– compren dólares en cómodas cuotas fijas, un guiño con matices electorales que ‘de paso‘ ayuda a no alimentar la hoguera de la inflación.
La paradoja es que del lado del ahorrista, poco parece importar que la inflación se coma 30% del poder adquisitivo: todos miran al dólar, un producto de liquidación. Esto explica por qué, además de comprar dólares y televisores, se sigue haciendo plazo fijo: con una tasa de interés que no supera 10% anual, todo se mide contra la evolución del dólar. Esto habilita tasas de interés en pesos con la ventaja de poder realizar esa ganancia en dólares. A esto se suma una ventana de oportunidad en los mercados de futuros, que permiten ‘congelar‘ el tipo de cambio. Una suba del dólar tendría dos efectos indeseados: ralentizaría el crecimiento de los depósitos en los bancos y encarecería el dinero.
Habrá que ver cuánto tiempo es capaz de soportar la economía sin que la presión inflacionaria carcoma la rentabilidad de los sectores más vulnerables. A eso se suma, ahora, Europa.
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