Por Horacio Riggi - Con el dólar planchado y la inflación por encima de un dígito, los empresarios empiezan a mirar con lupa las cuentas de los próximos meses. En definitiva saben que si bien la inflación en pesos los mantiene atentos, la inflación en dólares realmente los preocupa. Es que, para que la economía doméstica funcione, dependen en gran medida del consumo, pero para ser competitivos necesitan un tipo de cambio alto y la inflación en dólares les juega en sentido contrario.
La estrategia más ocurrente para enfrentar el dilema no es simpática, y mucho menos novedosa: trasladar los aumentos salariales a los precios. Los empresarios saben que el consumo seguirá estable, incluso en aumento.
Uno de estos sectores es la industria automotriz, dónde las subas salariales para este año rondarán el 35%. Según transcendidos, el sindicato ya cuenta con el respaldo de Hugo Moyano. El camionero, como todos saben, no sólo es el jefe de la CGT, sino un hombre con excelente llegada a Néstor y Cristina. Aunque detrás del telón presidencial muchos comienzan a fijarse cómo la inflación y los aumentos salariales están evaporando la competitividad. La teoría del comercio internacional ha propuesto algunas explicaciones a este comportamiento de los tipos de cambio reales. Entre ellas, se destaca la conocida hipótesis de Balassa-Samuelson (BS) que predice una relación positiva entre el diferencial de productividades sectoriales y la evolución del tipo de cambio real. Esta hipótesis se ha convertido en una de las explicaciones favoritas a la importante persistencia observada en las desviaciones de los tipos de cambio reales respecto a sus niveles de equilibrio.
Enmarcado en la industria automotriz es válido aclarar que los salarios representan entre 3% y 4% del costo total de producción de un vehículo. Es decir, con la demanda de Brasil a pleno (los fabricantes aumentaron sus proyecciones para este año) y un mercado local que también se expande, un aumento salarial del 35% no parece hacer mella en la estructura financiera de ninguna de las fabricantes de autos. Además, las empresas en lo que va del año subieron por mes entre 1% y 2% el valor de los autos y cada mes vendieron más.
Distinto es el caso de las autopartistas. Estas empresas forman parte de un entrelazado donde las automotrices tercerizan gran parte de su producción. La diferencia es que si bien a los fabricantes de autos un aumento del 35% no les ocasiona en estos momentos dolores de cabeza, para los autopartistas la situación es un poco más compleja. Primero porque en el valor de una autoparte los salarios de los trabajadores inciden entre un 20% y 30%. Es decir, el impacto es mayor, y si dicho aumento se lleva a los precios, las autopartes deberían costar un 10% más; una suba que no siempre es fácil de trasladar al producto final. En segundo lugar, en el mercado de autopartes existe una preocupación cada vez mayor, y ésta tiene que ver con el nivel de integración. Si bien el mundo se globalizó y los autos en cualquier lugar del planeta se producen entre varios países, en la Argentina el nivel de participación nacional es cada vez menor. Hoy, las autopartes apenas concentran el 20% de un vehículo construido en el país. Así, los aumentos salariales, que para muchos se van a solucionar con un simple traslado de precios, para otros, se transformarán en una pesadilla.
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