Por Juan Cerruti - Corrían los primeros días de enero de 2005 cuando el entonces presidente Néstor Kirchner citó a Roberto Lavagna (a cargo de Economía) para analizar una propuesta que le habían acercado a partir de la inquietud que generaba en los pasillos oficiales el repunte de los precios. Ambos lo discutieron tomando como referencia la experiencia de Francia durante el primer quinquenio del nuevo milenio. A poco de terminar ese día se habían sentado las bases de la principal estrategia anti-inflacionaria de la era K: los acuerdos de precios. Si bien arrancó en enero de 2005, no fue hasta mediados de ese año que esta política adoptó un formato más establecido. Cristina también la adoptó y por estos días los acuerdos cumplen 5 años. Sin el vértigo que Guillermo Moreno les supo imprimir durante varios años, pero aun vigentes. Al menos en los papeles.
En el interín, el Gobierno y las empresas se fueron acomodando. A poco de rodar, los pactos evidenciaron ser efímeros. Y las empresas le tomaron el pulso: convalidaron la foto de rigor en el Salón Blanco a cambio de acuerdos laxos con ciertos productos y otros liberados. Tal vez el signo más evidente de la insuficiencia de los acuerdos fue la intervención al Indec un año y medio después de iniciados.
Existen al menos 6 tipos distintos de inflación: monetaria, de demanda, de costos, inercial, estructural y de expectativas. El diagnóstico oficial es que Argentina padece una mezcla de inflación estructural y de expectativas. Los acuerdos llegaron –en teoría– para desarticular la primera de ellas, vinculada a sectores oligopólicos.
Para el kirchnerismo la inflación es un fenómeno micro. Asociado a estructuras productivas desequilibradas y a comportamientos rentísticos de los empresarios. La estrategia fue ir apagando los incendios sector por sector. Acuerdo por acuerdo.
No se visualiza como un fenómeno macro, en donde el exceso de demanda sobre la oferta genera el traslado a precios. Porque ese cambio de paradigma implicaría dos posibles soluciones: enfriar la demanda (algo que no están dispuestos a hacer) o incentivar la oferta (algo que quieren hacer, pero les cuesta, en particular mejorar el clima de inversión).
Con el correr de los años quedó en claro que la estrategia de acuerdos de precios desarrolló un fenómeno que los economistas bautizaron como “selección adversa”. En estos 5 años la inflación oficial acumulada llegó al 61% y al 96% la de los privados.
El caso típico de selección adversa fue desarrollado hace décadas en el mercado de préstamos bancarios. El banco tiene un problema de información asimétrica, ya que no puede distinguir con exactitud quienes son buenos sujetos de crédito y quienes no, y en consecuencia no puede adaptar la tasa según el riesgo del préstamo. Entonces, cobra un interés promedio, que para los buenos sujetos de crédito es alta y para los malos (más propensos al riesgo) es baja. Así, quienes terminan tomando el préstamo son los individuos más propensos al riesgo.
En el caso de los acuerdos de precios este mecanismo funciona de manera análoga. El pedido del Gobierno para acordar precios representa un mayor esfuerzo (en términos de beneficios) para las empresas que tienen previsto aumentar más los precios que para los que pueden aumentarlos poco. En consecuencia se produce la selección adversa: se terminan cumpliendo en los sectores y empresas que generan menos inflación. |