| | Por: José Siaba Serrate - El Peligro, con mayúscula, sería escorar como Japón. Y que la política monetaria, en ese atolladero, se pruebe impotente. El peligro, en minúscula, es la fragmentación del consenso acerca de cómo dar batalla. La economía no encalló, pero pierde bríos. Y la fractura de las opiniones -un monstruo que según la contabilidad de James Bullard, titular de la Fed de St. Louis, posee siete cabezas- se torna evidente. Si las brújulas se multiplican y su Norte diverge, ¿cómo evitar el error o la parálisis de la política monetaria? Bastó el pequeño paso de la Fed en su última reunión -un gesto de que vela las armas, no una acción rotunda- para desatar un sugestivo vendaval. «La Fed erró y alarmó a los mercados», dijo Fred Mishkin, quien fue gobernador del banco central entre 2006 y 2008. Otro ex funcionario, Lawrence Meyer, en cambio, aboga por un activismo aún más intenso (considerando la asimetría de los riesgos) al navegar tan cerca de las rocas. Pero el debate público no se limita a los retirados. Bullard piensa que la remanida fórmula de anticipar, desde marzo de 2009, el mantenimiento de tasas irrisorias por un «tiempo extendido» es arma de doble filo. Puede instalar, sin quererlo, la percepción de una debilidad económica acendrada y nutrir las expectativas deflacionarias que procura aventar.
Bullard cuestiona la garantía de tasa cero de la Fed, pero, con disciplina, vota a favor de su preservación. No es el caso de Thomas Hoenig, titular de la Reserva de Kansas City, miembro de la rotación actual en el Comité de Mercado Abierto y único disidente en todas las votaciones internas de 2010. El martes pasado, Hoenig se opuso por partida doble -a la promesa de tasas bajas y a la reinversión de los cupones de amortización-; el viernes ventiló sin tapujos el meollo de sus discrepancias. Y retomó su pedido de subir las tasas al 1%. Otra de las cabezas pensantes, como se ve, no trepida en marcar un rumbo impensado.
Entiéndase bien, la sorpresa de la semana que pasó no fue la (tibia) decisión de la Fed, ni las magras lecturas de indicadores que no alzan la puntería. Tampoco que fracasara el ensayo de un rally de verano en las Bolsas, carente de sustento. El mercado lateral que rige desde mediados de mayo continúa vigente. Nada novedoso. Lo llamativo fue la crítica recepción que despertó la resolución de la Fed. No la respuesta de los mercados ni las opiniones de los legos, sino la reacción pública de los generales que comandan tropa propia (o de aquellos que conocen el paño porque no hace mucho militaron allí).
Cuando James Bullard, a fin de julio, escribió un papel de investigación referido a «El Peligro» -el atasco a la japonesa donde la política monetaria convencional se torna inefectiva por chocar con el límite nominal de la tasa cero- lo tituló «Las siete caras de El Peligro». Identificar siete facetas o posturas, dice, «muestra cuán fragmentada está la profesión económica en este tema crítico». En su racconto, Bullard descubre todo un arco diverso de opiniones, comenzando por quienes niegan que exista el problema (según su énfasis, se los puede encuadrar en dos categorías distintas). Pero cómo ocultar el sol con la mano. O la desgracia de Japón. Y con las coordenadas de tasas de interés e inflación que arrima Bullard -que cualquiera puede corroborar- se observa que los EE.UU. están más próximos que nunca de caer en la trampa.
Cuando Hoenig señala que la economía se recupera, a duras penas, pero se abre paso, parecería militar entre quienes niegan el problema. Tampoco cree que la deflación aceche de manera inminente. Pero su recomendación es puntillosa: la Fed debería anunciar una suba de las tasas de interés al 1% en una fecha precisa (en su momento, antes de que terminase setiembre). El banco central debería concederse una pausa para que la expansión se acomode, y se asiente la confianza y, trascartón, llevar las tasas al 2%. Hoenig no quiere una política monetaria dura, pero sí que se desmonte su dosis de estímulo. ¿Un delirio? Es otra faceta -la número cuatro- en la literatura técnica que pretende esquivar un destino a la japonesa. Por extraño que parezca.
¿Serán siete también las posturas que rigen hoy en el seno de la Fed? Una cosa es segura: la discreción es el lenguaje de los banqueros centrales. Que aflore en público una variedad de puntos de vista conflictivos -en discrepancia, además, con la propia decisión de la Fed- tiene que ser sólo la punta de un iceberg más amplio. Bullard, en su trabajo, confiesa sus preferencias personales. Es crítico de quienes niegan el problema, de la posición que define Hoenig (la número cuatro) y de la vertiente keynesiana de apelar a una expansión fiscal (la número seis) que desecha, en especial, por la crisis europea de la deuda soberana. Bullard elige la séptima opción: retomar las compras netas de bonos del Tesoro (brega por una ampliación de la expansión cuantitativa y no, como se resolvió el martes, sólo por su mero mantenimiento). Pero Bullard, a diferencia de Hoenig, se alinea con la decisión que acepta el resto de los miembros del Comité de Mercado Abierto.
¿Cuál será la visión de Ben Bernanke, un pensador original en estos temas, y timonel de la Fed? ¿Cuánto deberá luchar para imponerla? Paul Krugman, obsesivo y memorioso como un elefante, recuerda al mismo Bernanke que en 2002, como gobernador de la Fed, denostaba -sin medias tintas- la parálisis autoimpuesta del Banco de Japón. Y, siempre impaciente, hoy lo ve prisionero de igual encerrona. Más aún: si tomara el toro por las astas, Krugman imagina los dardos de la Fed de Richmond (Jeff Lacker) o de Dallas (Richard Fisher). Queda claro que en su última visita al Congreso, Bernanke reconoció una espesa incertidumbre, pero se inclinó por «ver y esperar». De ahí que lo importante de la decisión del martes sea el valor del símbolo. |
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