Por Juan Cerruti - Paradojas de la Argentina contemporánea, nadie hubiera imaginado que la estrategia económica que apunta a utilizar el matrimonio Kirchner para dar pelea en las elecciones 2011 guardar similitudes con el plan que aplicó Carlos Menem en los noventa. No menos curioso, en que mientras la Convertibilidad tenía como rasgos centrales la sobrevaluación cambiaria y el alto consumo interno, el modelo post 1 a 1 arriba a su décimo año con semejanzas de su predecesor, debido a la erosión que ha generando la inflación en el programa económico original.
Desde hace casi un año y medio el Gobierno dejó de acomodar al dólar ante cambios en los precios relativos. Desbocada la inflación, sin posibilidades de contener el gasto ni intención de moderar la emisión monetaria, optó por utilizar el tipo de cambio como ancla nominal de este ajedrez económico.
La rigidez del tipo de cambio nominal en un contexto de elevada inflación (en torno al 25%) genera una marcada apreciación del tipo de cambio real (TCR, es el nominal descontada el alza de precios). Tras alcanzar un máximo de $ 2,81 por dólar en enero de 2002, el TCR cayó a un nivel de $ 1,98 durante gran parte de 2004 y 2005. Actualmente se ubica en $ 1,22 y, de continuar esta tendencia, las proyecciones indican un valor de $ 1,17 para fines de este año. Y de $ 1 en diciembre de 2011 (en plenas elecciones), el mismo nivel que tenía en 2001.
¿Vuelve al 1 a 1? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Curiosamente, la suerte de esta estrategia escapa a las posibilidades del Gobierno. Dependerá en gran medida dos factores que los K no controlan: el clima y lo que haga Brasil con el real. O, mejor dicho, con el ‘superreal’. Hasta ahora la pérdida de competitividad del peso fue ‘disimulada‘ por la cosecha récord de este año (que en principio no se repetiría el próximo) y por la fuerte apreciación del real. Esto último explica por qué el tipo de cambio multilateral (con el resto de los países, no sólo frente al dólar) aun está en niveles más competitivos. Pero Brasil –que ayer anunció medidas para contener la apreciación– enfrenta el mes próximo un cambio de gobierno y es una incógnita si la administración entrante (aun si fuera presidida por la oficialista Dilma Rousseff) convalidará la actual política cambiaria.
En este contexto, los analistas miran con atención la evolución del superávit comercial, que en lo que va del año cayó 33% frente a 2009. Inquieta más el frente externo, que el plano fiscal (el gasto sigue creciendo pero la recaudación reacciona).
Las importaciones están aumentando al 43% anual (el doble que las exportaciones), impulsadas no sólo por la apreciación cambiaria, sino también por el mayor consumo interno, que ya no puede ser abastecido solamente con la producción local. Aunque suena paradójico que en un país con inflación del 25% el consumo (que ya representa dos tercios del PBI) se haya transformado en el motor del crecimiento.
No se trata de un comportamiento irracional de la población. En una economía capitalista, los agentes económicos responden a las señales de precios. Con la inflación actual y el tipo de cambio nominal quieto en torno a $ 4, las opciones tradicionales de inversión de los argentinos (dólar, plazo fijo, etc) carecen de atractivo. Un depósito a 30 días rinde (en el mejor de los casos) 9% anual, con el alza del costo de vida del 25% anual, ello representa una pérdida del poder adquisitivo del 15% en 12 meses.
En este escenario, la mejor opción es, sin dudas, consumir: bienes durables o no durables. Autos, inmuebles, electrodomésticos, etc. Porque siguen a la inflación. Esa que el Indec no mide, pero el bolsillo padece. |