Es cierto que la participación argentina en la Feria del Libro de Fráncfort es una ocasión de oro para que el talento de los escritores argentinos se expanda y genere divisas, trabajo y progreso. Para eso, es la más grande del planeta y, a diferencia de la de Buenos Aires, está más orientada a los negocios de los editores que al público. Fue un acierto de la Presidenta participar. No es menor poner el cuerpo y la palabra, como lo hizo. Es probable y deseable que los editores y autores argentinos aprovechen la ocasión. Pero, si logran sus metas, tal vez no sea porque el Gobierno se dio cuenta de que eso era, como Petra Roth dijo, lo esencial.
La iniciativa oficial pareció en cambio orientada a cuestiones testimoniales. Es loable que la Presidenta haya homenajeado en la viuda de Héctor Oesterheld a los escritores desaparecidos en la última dictadura. Pero toda la iniciativa estatal se centró más en la autocelebración que en abrir mercados. ¿Servirá para expandir la llegada de los talentos argentinos al exterior que se muestren murales de la Presidenta repartiendo notebooks?
Transformar la participación en un evento dedicado al libro en una "cuestión cultural" parece más bien justificar la mezcla, diciendo que "cultura es todo". Y entonces caben Maradona, que no necesita promoción; Eva Perón y el Che Guevara, junto a los escritores, y junto a cineastas, que tienen sus propios festivales.
La en parte caótica organización de la cancillería sugiere también confusión de objetivos. Otra falta de cálculo presidencial fue el párrafo autocelebratorio en que relató cómo bajaron los pagos de deuda respecto del PBI desde que ella y su esposo son gobierno. No pasó demasiado antes de que Angela Merkel le recordara que el país está hace casi una década en mora con Alemania y el resto del Club de París.
Tal vez faltaría que se cumplieran los deseos de Griselda Gambaro, tan justamente homenajeada en la feria y que en su discurso señaló: "Los políticos podrían, como los grandes escritores, reinventar el discurso, proyectar nuevas reglas e imaginar realidades posibles. Concretar, como quien escribe un buen libro -que deparará conocimiento y emoción-, un equilibrio más justo en nuestras sociedades. Y en esta hipótesis ingenua y esperanzadora, ese libro, escrito paradójicamente sin palabras y con hechos, sería el de mayores lecturas, el de mejor exposición, el que concitara, sin exclusiones, multitudes más felices en todas las ferias del libro".

