Por Jorge Oviedo - Si aunque más no sea una parte del Gobierno comienza a admitir que la inflación es un problema, es un progreso. Porque hasta hace poco se decía que no existía. El ministro de Economía, Amado Boudou, ha reconocido que al menos para una parte de la población es un problema.
El funcionario dice, sin embargo, que "el problema" afecta sólo a una porción de la población a la que las autoridades parecen preferir más como enemigos que como representados, y que se incluye en la nebulosa definición de "clase alta". Es un sector que Boudou, que estudió en la Universidad del CEMA y vive en Puerto Madero debe conocer bien.
Pero el diagnóstico parece equivocado porque incluso hay estudios muy serios, que, aunque arrojan otros resultados favorables para el Gobierno, sugieren lo que es obvio: que son los sectores de menores ingresos los que padecen la inflación.
Los sectores medios y bajos no sólo tienen poca capacidad de ahorro, y por lo tanto menor capacidad de poner parte de su ingreso a salvo del aumento generalizado de los precios invirtiéndolo. También tienen menos conocimiento y sofisticación para hacer inversiones que rindan más que el índice de precios.
Aún cuando exista la competencia perfecta en los mercados y en teoría cualquiera pueda acceder a los mercados globales para hacer inversiones y salvaguardar sus ahorros, la realidad es menos democrática. Sobre las asimetrías en el acceso a la información que permite obtener rentabilidades ha escrito y ganado un Nobel Joseph Stiglitz, un economista muy respetado por el Gobierno.
Y las clases altas tienen más alternativas. Incluso en la clase media. "La ilusión de salvarse" de la estampida de precios se logra, en parte, comprando en cuotas fijas.
En agosto último, el Indice General de Expectativas Económicas (IGEE), que elaboran la Universidad Católica Argentina (UCA) y TNS Gallup, llegó a un nivel más alto que el que se registró en octubre, casi como el de 2007, cuando Cristina Kirchner ganó las elecciones presidenciales.
Sobre la oportunidad para la compra de electrodomésticos, las opiniones aparecieron divididas: el 34% dijo que era mal o muy mal momento para hacerlo; el 35% dijo que no era ni bueno ni malo y el 23% opinó que es una gran ocasión.
En el desagregado por estrato social apareció la razón de las diferencias. En los segmentos de menor poder de compra aumentaban las opiniones negativas: 46% en la clase más baja y sólo 36% en la media baja. Sólo el 27% en la clase media y el 21% en la clase alta creyeron que no era momento de equiparse. Esas cifras parecen mostrar que quienes tienen capacidad de ahorro quieren defenderse gastando a crédito a tasa congelada, mientras que los sectores más bajos, preocupados por el incremento de los precios de lo que más consumen, los alimentos, tienen terror de destinar cualquier porción de sus ingresos a otro destino.
Fue justamente la brusca detención de la inflación causada por la convertibilidad en 1991 lo que claramente contribuyó, en un marco de fuerte reactivación, a mejorar la distribución del ingreso y reducir la pobreza. Ese efecto tuvo una importancia capital y llevó a Carlos Menem, que en enero de 1991 parecía un cadáver político vencido por el retorno de la hiperinflación y los escándalos de corrupción, a tener un éxito electoral apenas nueve meses después.
Fue la reactivación con muy baja inflación la que hizo una contribución decisiva en la construcción del poder del kirchnerismo durante la presidencia de Néstor Kirchner. Y antes lo que evitó que el gobierno de Duhalde padeciera una crisis catastrófica.
El actual diagnóstico político parece equivocado. Si los precios relativos siguen como van, muchos de la clase media alta y alta veranearán en Florida en lugar de Cariló o Punta del Este. Y no disminuirá en ese segmento el porcentaje de opositores a la actual administración,
Tal vez Boudou se haya sumado a los muchos que creen que la inflación es un problema en la Argentina. Es bueno que lo admita. Ojalá también se convenza de que lo primero que habría que hacer es medirla de verdad y luego combatirla. Por el bien, sobre todo, de los pobres.

