Por LEANDRO GABIN - La fuga de capitales es, a esta altura, una enfermedad crónica en la Argentina. Y si bien entran en juego varios factores, la notable desconfianza de los inversores (locales y extranjeros) con las distintas administraciones y esa idea de que en la Argentina todo es posible parece estar siempre presente. Los números, en todo caso, son contundentes: desde que el kirchnerismo asumió la presidencia en 2003, huyeron u$s 65.881 millones, según datos del Banco Central.
De hecho, el único año en el que no hubo fuga fue en 2005 cuando se reestructuró la abultada deuda con los acreedores. Por el efecto canje, en ese año terminaron ingresando u$s 1.206 millones. Pero ciertamente la salida de fondos está instalada en la Argentina y se transformó en moneda corriente.
Ayer el BCRA publicó el dato de 2010, que no sólo considera los fondos que salieron del país sino también los que abandonaron el sistema financiero e incluso la dolarización de activos. El monto, que ascendió a u$s 11.410 millones, es levemente inferior a los u$s 14.000 millones que huyeron en 2009 y sensiblemente menor al de 2008, cuando se desató la pelea Gobierno-campo y estalló la crisis de hipotecas subprime en EE.UU.. En ese período se fueron u$s 23.098 millones.
El panorama para este año tampoco es demasiado alentador. En el Banco Central estiman que la formación de activos externos será similar a la de 2010, mientras que en el mercado creen que podría ser un poco más alta dado que en octubre hay elecciones presidenciales. El 2011 es un año electoral, y la historia dice que las salidas de capitales aumentan en esos períodos. La mayor incertidumbre generada por los procesos electorales sobre el rumbo de la política económica hace que el sector privado se incline más bien por fugar divisas o postergar inversiones, consigna la consultora Analytica.
Según sus cálculos, en los meses previos a la reelección de Carlos Menem (1995) los activos externos privados crecieron 4,4%; antes de la presidencia de Fernando De la Rua (1999) aumentaron 2,6% y en la elección de Néstor Kirchner (2003) y de Cristina Fernández de Kirchner (2007) lo hicieron 6,8% y 4,7%, respectivamente. De todas formas, al Gobierno y al mismo BCRA les conviene que la fuga de capitales sea de alguna manera mayor. Hoy el Central está solo en la pelea por mantener el tipo de cambio nominal (el real está ya apreciado por la inflación) porque ingresan dólares comerciales y hasta hace un tiempo billetes financieros para comprar bonos.
El exceso de dólares ante una demanda que no aparece presiona hacia abajo al tipo de cambio. A su vez, el BCRA no puede comprar alegremente todos los dólares que ingresan porque cebaría aún más la inflación (que igualmente convalida con su expansivo programa monetario). Así, la fuga de capitales, léase que salgan más billetes verdes del circuito y el Central evite tener que comprarlos, dependiendo la circunstancia, es funcional al deseo oficial ya que disminuye la oferta de divisas.