Por Laura García. Editora de Finanzas lgarcia@cronista.com - Si todavía tiene, entonces no compre, recomienda preocupado un comerciante de Tokio a sus clientes en un intento por poner racionalidad a un momento en el que todo es desesperación y angustia. La devastación producida por el terremoto y la consiguiente amenaza de una crisis nuclear instalaron el miedo en las calles de Japón. Y ese mismo pánico se filtró ayer a las bolsas. Pero en lugar de acopio hubo una violenta ola de ventas masivas. El tsunami finalmente llegó a los mercados.
Mientras que el lunes los coletazos financieros del terremoto azotaron casi exclusivamente a Japón (que perdió 6,2%) y parecían destinados a circunscribirse a sus fronteras, ayer la sangría fue generalizada. La economía global e incluso la japonesa podrán digerir el desastre pero las derivaciones de una emergencia nuclear parecen haber forzado demasiado la disposición de los inversores a soportar el embate.
La bolsa de Tokio, que llegó a caer 14% en la rueda, terminó un 10,6% abajo, en lo que constituye el tercer peor día en su historia bursátil. Desde el crash de 1987 que Japón no veía semejante destrucción de valor en su mercado. De poco parece haber servido que el Banco de Japón reforzara ayer la asistencia de liquidez con otra colosal inyección de fondos. La moderación cedió paso ayer a la histeria y los inversores parecen haber optado por pricear el peor escenario posible. Ese con el que el grueso de la gente ni siquiera se atreve a fantasear.
La historia, en ese sentido, tampoco resulta muy tranquilizadora. Quienes compraron acciones japonesas en enero de 1995 luego del terremoto de Kobe que mató a 6.000 personas, debieron afrontar pérdidas de 21% en los siguientes cinco meses. Es cierto que el índice luego rebotó para cerrar el año con un avance del 4,4%. Pero la historia indica que el terremoto bursátil todavía puede deparar varias réplicas.
Sin embargo, si uno mira lo ocurrido en los últimos incidentes nucleares, el mercado ha demostrado una capacidad de recuperación notable. Cuando se produjo el evento conocido como Fermi 1 en 1966 (en la central nuclear Enrico Fermi en EE.UU.), el S&P500 cayó en total 1,5% y le llevó cuatro días tocar fondo y seis recuperar esa pérdida. En el caso de la crisis de Three Mile Island en 1979, la bolsa se hundió 2,5% tras el accidente y una vez más, le insumió apenas seis días borrar el rojo después de cuatro ruedas en baja. Incluso en la crisis de Chernobyl en 1986, el S&P500 cayó 4,3% a lo largo de 14 días, pero en apenas 20 el rebote hizo desaparecer el rojo. Estudios que han recabado información sobre 15 desastres no económicos de los últimos tiempos revelan que en promedio las acciones pierden menos de 1% a los seis meses de los eventos. Basta recordar lo que ocurrió en el ataque a las Torres Gemelas. Wall Street se derrumbó 5,5% en la semana siguiente al atentado pero seis meses después, no sólo había remontado esa pérdida sino que estaba 6,6% arriba.
El dato parece suscribir el llamado de los analistas más aguerridos, que por estas horas aseguran que el desplome supone una gran oportunidad de compra, ya que dejó las valuaciones de las acciones japonesas por debajo de los niveles de noviembre pasado, cuando comenzó un rally en el mercado nipón que cosechó ganancias de 19%. Es que invertir en Japón así como otros mercados desarrollados sobrevendidos fue una de las máximas de muchos bancos para este año, desde Goldman Sachs hasta JPMorgan y Nomura. A diferencia de lo que ocurría en 1995 durante el terremoto de Kobe, hoy las acciones del país están baratas, advierten. En aquel entonces se negociaban a 53 veces las ganancias proyectadas, mientras que hoy el ratio es de apenas 13. Desde el Credit Suisse, incluso, ayer salieron a recomendar a sus clientes que sencillamente aguanten. Pero es difícil no vender cuando todos lo hacen. Y con tantas incógnitas en suspenso, pensar en oportunidades puede ser pedir demasiado.