Por Hernán de Goñi Subdirector Periodístico - El último capítulo de la pulseada comercial entre la Argentina y Brasil no tiene que ver con el derecho de cada país a defender la producción nacional. Lo que está en juego es qué Estado es el que tiene la palabra final en este juego de poner y levantar barreras.
Los funcionarios locales cuestionaron a sus pares brasileños casi por no tener códigos. El Ministerio de Industria se quejó por haber recibido una decisión intempestiva que paralizó nada menos que el comercio de autos, que representa 50% del intercambio. En su defensa, argumentó que Brasilia había recibido un preaviso de 10 días, y que las trabas habían sido demoradas 30 días.
Brasil no se detuvo en formalismos. El mensaje que buscó transmitir es uno solo: que son ellos los que hacen concesiones desde su liderazgo como séptima potencia mundial.
Por eso en lugar de seguir con las escaramuzas comerciales prefirió devolver un golpe directo al corazón de la industria local.
El Gobierno había aprovechado la fuerte demanda de Brasil para sus planes de crecimiento rápido. Pero no llegó a urdir una estrategia que le permita cortar con esa dependencia. Por eso hoy a la Casa Rosada le convendría más aceptar un empate antes que buscar un triunfo pírrico. No es un comportamiento habitual en el kirchnerismo. Tal vez ese sea su desafío.