En términos reales, los precios están lejos de su pico histórico, pero el fantasma de los shocks petroleros de los ’70 es cada vez más recurrente y temen que termine frenando a la economía mundial. El precio del petróleo ha bajado desde los picos de 40 dólares que alcanzó hace un mes, pero el barril aún se encuentra en un promedio diez dólares superior al registrado un año atrás, y los mercados aún tienen motivos para preocuparse.
En primer lugar, se sabe que mientras la demanda de crudo crece a un ritmo cada vez mayor, es muy difícil aumentar la capacidad de producción a un costo aceptable, y son cada vez más espaciados los descubrimientos de nuevas reservas.
La Agencia Internacional de Energía estima que la capacidad sobrante de producción de crudo en el mundo es de alrededor de 2,5 millones de barriles diarios, casi toda ella situada en el Golfo Pérsico. Eso explica por qué el mundo mira tan atentamente cómo evoluciona la situación política en la región. Por eso, si los conflictos en Irak o Arabia Saudita empeoran, podría producirse un efecto recesivo sobre las principales economías que se derramaría sobre toda la economía mundial.
La teoría económica sostiene que frente a un exceso de demanda, los precios suben, proveyendo a los productores del estímulo necesario para producir más. Los consumidores, en tanto, reducen los pedidos, hasta que el mercado regresa al equilibrio. Inevitablemente, esto sucederá (como siempre sucedió) también con el petróleo, pero la pregunta es cuánto durará el ajuste, hasta dónde pueden subir los precios y en qué condiciones.
Por lo pronto, mientras las tasas de interés en EE.UU. y Europa sigan siendo tan bajas, la resultante combinación del dinero abundante y petróleo caro es bastante peligrosa. Primero, los costos de producción aumentarán. De hecho, en mayo los precios al productor de EE.UU. subieron al mayor ritmo en un año y, con suficiente dinero para hacer de combustible, esto puede derivar en inflacionario, reducción de ingresos reales y, en fin, aumento del desempleo.
El temor a este cóctel de inflación y recesión (que los analistas bautizaron estanflación), afectó a las principales economías durante las crisis del petróleo de la década del setenta, lo que tiene en ascuas a los popes de la economía mundial. De todos modos, no conviene llevar las similitudes demasiado lejos. Las interrupciones actuales en el suministro no llegan ni de cerca a las generadas en Medio Oriente hace un cuarto de siglo.
Por empezar, la economía se encuentra en una situación mucho más sólida, en pleno proceso expansivo. Aún en u$s 40 por barril, el crudo es mucho más barato en términos reales (descontada la inflación) que lo que era a fines de los setenta.
El mundo es ahora menos vulnerable que entonces. Aún así, si hay una interrupción importante al suministro de crudo, las economías deberán funcionar con menos petróleo. En tal escenario, y a corto plazo, el resultado más probable sería una desaceleración de la economía mundial. En suma, el temor a una recesión global impulsada por el petróleo es tal vez exagerado, pero no delirante. |