Por Gabriel Sánchez - Para LA NACIONLa más reciente disputa comercial con Brasil no hace más que poner nuevamente el dedo en la llaga de un acuerdo comercial que ha mostrado más discordias que consonancias en sus casi diez años de existencia.
Antes que estar concentrándonos en medidas defensivas ante cada aumento de exportaciones brasileñas, deberíamos pasar al ataque y pensar cómo implementar políticas y señales de precios que contribuyan a aumentar nuestra competitividad de modo genuino, más allá de la actual ventaja cambiaria. De otro modo, cada nuevo acuerdo de integración que podamos lograr terminaría siendo visto como una amenaza antes que una oportunidad. Lo que es más, los demás países muy posiblemente tendrían serias dudas en firmar acuerdos con un bloque que se la pasa introduciendo restricciones "excepcionales" al comercio interno.
Estas excepciones al libre comercio intrabloque ( cupos, acuerdos entre privados, comercio administrado, etc.) comenzaron siendo impuestas años atrás por Brasil, sin demasiada resistencia por parte nuestra. Hoy recogemos el guante y adoptamos las mismas prácticas, que sólo podrían llegar a ser justificadas si creyéramos que hay un problema "temporario" de competitividad, y que las mayores importaciones tendrían efectos negativos permanentes sobre nuestra industria. Como resultado de estos "agujeros", el Mercosur parece hoy más un queso gruyere que una unión aduanera, con considerables pérdidas de bienestar para los consumidores y de eficiencia en la producción.
Crecimiento desparejo
En este marco, no sorprende que el valor del comercio bilateral entre la Argentina y Brasil sea hoy apenas un 13% superior al observado en 1996, crecimiento muy inferior al registrado en el comercio de estos países con el resto del mundo. Esta pobre performance dinámica no es simétrica. Mientras que la participación de nuestras exportaciones en el mercado brasileño se ha reducido en más de un cuarto respecto a 1996, la importancia de las exportaciones brasileñas en nuestras importaciones ha saltado de 22% en 1996 a 37% en 2004. Esta asimetría sugiere que el mediocre desempeño del Mercosur está ligado no sólo a las barreras internas al comercio, sino también a la incapacidad de la Argentina de hacer crecer sus exportaciones, por motivos que van más allá de las eventuales zancadillas que nos haya puesto en el pasado nuestro vecino país.
Nuestra falta de despegue exportador no se limita al Mercosur. Mientras que las exportaciones globales brasileñas se han prácticamente duplicado entre 1999 y el presente, aumentando su participación en el comercio mundial, las nuestras han aumentado sólo un 20%, cayendo en relación al total mundial. Entonces, antes que cuestionarnos en qué falla el Mercosur, deberíamos estar preguntándonos por qué nuestras exportaciones globales han crecido tan poco.
Sin duda, las diferencias en materia de inversiones han contribuido, pero además Brasil tiene una política de Estado de apoyo a las exportaciones, mostrando además una gran conducta para no caer en la tentación de imponer retenciones a las exportaciones en un contexto de precios externos favorables.
En cambio en la Argentina no logramos armar nuestro propio modelo exportador. Mientras que esperamos que la continuidad de la estabilidad macroeconómica y de la prudencia fiscal genere inversiones pro-exportadoras, al mismo tiempo damos señales microeconómicas para privilegiar el mercado interno (como la brecha entre tipos de cambio de importación y de exportación generadas por aranceles y retenciones), y tenemos cuestiones irresueltas en materia de financiamiento y de disponibilidad de insumos energéticos críticos.
Existe ya un cúmulo de reportes de empresas que indican que el sesgo antiexportador resultante de la combinación de retenciones, demoras en reembolsos de impuestos y de escasez de contenedores (una de las consecuencias de nuestro gran superávit comercial global), ha reducido sustancialmente la rentabilidad de exportar en muchas actividades manufactureras, pese al dólar alto.
Así las cosas, no debería llamar demasiado la atención la paradoja de que estemos presenciando "invasiones" brasileñas en determinados sectores pese a que la devaluación redujera los costos laborales unitarios en dólares de nuestra industria en un 60% en relación a 1997, mientras que en Brasil cayeron sólo un 40%. Ni que nuestra balanza comercial bilateral sea deficitaria, lo opuesto de la última parte de los 90, cuando esta balanza era superavitaria pese a la sobrevaluación del peso en aquel entonces. El autor es director de investigaciones del Ieral de la Fundación Mediterránea |