Por Jorge Oviedo - Lentamente, pero sin pausa, el escenario internacional se ha hecho más complicado para las economías emergentes en los últimos meses, y la Argentina, claramente, no está a salvo. El influjo de la tragedia griega es simplemente inevitable, parte del destino. Pero a las condiciones externas mucho menos favorables se suman problemas internos que el Gobierno no ha atendido y que le impiden ahora intentar que el impacto sea menor. La pérdida de competitividad de la industria es producto de una altísima inflación en dólares que las autoridades han elegido negar, falsificar. Los pecados argentinos empeoran el efecto del maleficio que llega desde Atenas. Además, según acaba de confesar el Gobierno en el proyecto de presupuesto 2012, este año habrá un déficit de $ 11.000 millones, lo que le quita margen para reducciones de impuestos o estímulos a los exportadores de bienes manufacturados, como los que lanzó Brasil. El mayor socio del Mercosur y principal destino de las exportaciones industriales argentinas crece menos y limita sus compras en el exterior, la producción automotriz local perdió toda competitividad en el mercado de Chile y los textiles, en muchos casos, dicen vivir una situación de caídas muy fuertes de mercados. Las fábricas argentinas, en particular las automotrices, están redondeando un gran año, pero lo terminarán bajando la velocidad y ajustándose. No será de allí, si la tendencia se mantiene, de donde se podrá esperar un aumento del empleo y de los salarios en el sector privado. A ello se suma la baja del precio de la soja, que instala también una perspectiva poco favorable que, por ahora, desalienta expectativas. No se trata de una catástrofe en marcha, pero con los datos actuales comienza a resultar más difícil encontrar fuentes de crecimiento para el año próximo. El escenario internacional es volátil y seguirá así, dicen los especialistas, hasta que se logren en Estados Unidos y en Europa los acuerdos políticos que resuelvan de algún modo la crisis financiera. Ese es el escenario optimista. Pero incluso en esa situación en que no hay catástrofe que llegue desde afuera, la situación ya no es cómoda para el país. El Gobierno, por supuesto, no puede hacer algo para evitar la crisis griega o de EE.UU. y no se lo puede responsabilizar por ello. Pero el descuido de los factores internos, como la inflación, el abandono del superávit fiscal y una política de importaciones y exportaciones totalmente irrazonable han hecho que todos los males que vengan de afuera sean peores. De persistir las actuales circunstancias, Cristina Kirchner tal vez deba aplicarse a combatir un escenario recesivo inmediatamente después de festejar su previsible triunfo en las elecciones. La menor demanda externa ya no permitirá sostener tan alto el gasto y mantener el nivel de actividad. Las fuentes de financiamiento deberían ser otras, pero allí aparecen más preguntas, porque el país no tiene acceso al mercado internacional de créditos, las reservas del Banco Central dejaron de crecer y las cuentas fiscales, como se dijo, están en rojo. La gran incógnita, que se refleja también en la gran demanda de dólares, es a qué recursos echará mano el Gobierno luego de los comicios para poder seguir fogoneando sus políticas heterodoxas, que en estos días están dando claros síntomas de agotamiento. |