Por Julián Guarino - Muchos interrogantes, dedos cruzados... Así están buena parte de los argentinos que piensan que habrá cambios en materia económica una vez superadas las elecciones del 23 de octubre. Pero, ¿por qué pensar que algo va a cambiar? La respuesta ya está rubricada: porque en caso de ser reelecto, el Gobierno querrá repetir la fórmula que le dio resultado en los últimos años. Y para ello, como el contexto cambió, entonces deberá hacer lo propio.
Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie, dijo alguna vez el genial escritor italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Algo parecido es lo que viene: en un contexto con un precio para las materias primas en récord histórico, alta liquidez en los bancos, tasas de interés internacional por el piso, un gobierno brasileño que absorbió la devaluación del dólar apreciando su moneda un 40%, el crecimiento económico doméstico recibió, hay que reconocerlo, una cuota importante de ayuda. Con ese dinero (y el de las retenciones, que dicho sea de paso es poco probable que bajen), el Gobierno puso la lupa en el desarrollo de la industria local y postuló al empleo como objetivo en sí mismo, lo que derivó en altas tasas de ocupación, actividad económica récord y fuerte consumo. En esa línea de acción se pasaron por alto algunos puntos fuertemente polémicos como instrumentar una política que le pusiera coto a la inflación y normalizar los números del Indec. Hoy, en cambio, y con un escenario internacional que parece estar en constante reformulación, los ajustes parecen inevitables si la intención es reforzar la política económica vigente.
Keynesianismo mon amour
Aún hoy, el Gobierno suele defender herramientas de política económica de corte heterodoxo que van a contramano del mandato del libre mercado, como pueden ser las restricciones comerciales, el mantenimiento de un dólar competitivo y las retenciones al agro. ¿Qué tan lejos puede estar esto de lo que viene? Poco. Del 23 de octubre en adelante, habrá más proteccionismo, y menos dependencia aún de los mercados internacionales; un tipo de cambio competitivo pero no devaluado a tasas inflacionarias; tasas reales negativas en los bancos, crédito barato con impulso de la banca oficial y tasas de inflación con un piso asegurado en el 10%. Quienes le ponen la letra al modelo, sostienen que el desarrollo capitalista hay que hacerlo con ahorro interno y Estado financiador de las inversiones. En rigor, se rechaza la estrategia de crecer por vía del ahorro externo.
Es más. Por estos días circula un libro que puede brindar una parte de las respuestas a los interrogantes sobre los cambios que llegarán. El libro en cuestión está editado por Universidad de Quilmes junto con la Asociación de Economía para el Desarrollo de la Argentina (Aeda), el think tank que conduce Matías Kulfas, economista y director del Banco Nación y que se llama ¿Qué fue del buen samaritano?, del economista coreano Ha-Joon Chang. Este señor se ha transformado en uno de los críticos más efectivos de la globalización. Chang propone que los países en desarrollo se integren a la economía mundial con políticas industriales selectivas, protegiendo las industrias nacientes y regulando las finanzas. ¿Suena conocido? Chang sostiene que los países desarrollados que hoy claman por la apertura de los mercados históricamente utilizaron políticas proteccionistas para desarrollar sus industrias y que, sin embargo, una vez que lograron posiciones de privilegio, hicieron desaparecer la escalera por la que subieron, evitando que otros países en desarrollo sigan el mismo camino. En la misma línea, se ubica en las antípodas de la propuesta uniforme de reducción del tamaño del gobierno, privatización de empresas públicas, inflación baja, y la ortodoxia de estabilidad macroeconómica y disciplina fiscal que promueve el FMI. Como se dijo, es probable que en los próximos meses se registren algunos cambios. Pero sólo los necesarios para que nada cambie.