Por Julián Guarino - Las ofertas de estación siempre terminan. O se agota el stock, o el precio termina subiendo porque ya no hay tanto stock y tampoco conviene quedarse sin mercancía. Un poco antes, un poco después, cuando un producto tiene un precio que el público considera ventajoso y del que se supone que existe una importante (pero finita) oferta, entonces la demanda terminará poniéndose al nivel de esa oferta. Si la demanda supera a la oferta, y esta oferta no fuera todo lo flexible que requiere el momento, entonces invariablemente el ajuste se dará por el lado del precio.
El dólar en góndola ha sido un producto abundante en los últimos años. Los argentinos aquellos que podían ahorrar se acostumbraron a tener la opción de comprarlo a un precio que, en términos reales, resultaba cada día más bajo. En rigor, mientras el grueso de los productos de la economía local y los salarios ajustaba al alza su precio a tasas del 20%, el dólar experimentó un recorrido que terminó depreciándolo contra los precios nominales.
Tipo de cambio semi-fijo y alta inflación no son compatibles. La excepción bien puede ser lo que ocurrió durante la crisis subprime, cuando el Gobierno argentino pudo acomodar rápidamente el tipo de cambio llevándolo de $ 3,04 a
$ 3,71 en sólo 120 días hábiles. Desde ese punto de vista, el Banco Central convalidó una suba de 1 centavo cada 2 días en aquél entonces, mientras que desde aquél momento (marzo de 2009) hasta hoy, convalidó una suba de 1 centavo cada 11 días hábiles. En 2008, es probable que la crisis global le pusiera paño frío a la inflación local. Hoy la situación es distinta.
Hasta el domingo, todos estaban convencidos que no iba a haber una devaluación. Desde el lunes, esas señales ya no están porque pasaron las elecciones. Es más: el poder político revalidado por el oficialismo, alimenta aún más la especulación. En rigor, estos últimos días el BCRA repitió receta: planchó el dólar oficial (que incluye minidevaluaciones) y dejó las tasas altas para tentar a los ahorristas a que no se deshagan de sus pesos. Si bien todo parece estar tranquilo, ese juego tiene un costo y una fecha de vencimiento. La pérdida de reservas u$s 4.000 millones el último año debilita en forma permanente la ecuación entre la cantidad de dólares que guarda el BCRA y la cantidad de pesos que circulan por la economía (que son los pasivos del BCRA). Cuando mayor es la brecha, menor es la confianza. En rigor, si todos los agentes que tienen pesos quisieran cambiarlos por dólares, con este nivel de reservas, lo podrían hacer a $ 5,08.
Como se dijo, la falta de un horizonte que muestre claramente cuál será la política cambiaria resulta más dañina que las recetas que podrían aplicarse para equilibrar oferta y demanda. ¿Vendrá un legítimo paquete de políticas? Parece probable. La inflación es producto de políticas; una de ellas, la del dólar. Si el precio del dólar siempre es un producto que está atrasado entonces siempre la expectativa es que se ajuste al alza, es decir, que se devalúe. Esto genera expectativas que son, por definición, la futura inflación. Es indispensable que el BCRA vuelva a manejar al dólar, tanto hacia arriba como hacia abajo.