Por JULIÁN GUARINO Buenos Aires - Continuidad. ¿La leyó en algún lado? Si bien desde el punto de vista político bien puede hablarse de una prolongación de las concepciones con las que el Gobierno se ha manejado en los dos períodos anteriores, desde el plano económico y financiero es probable que lo que viene sea toda una novedad. En los últimos años, se atribuyó al kirchnerismo una política financiera y monetaria que indudablemente fomentaba el consumo a expensas del ahorro, con tasas de interés reales negativas que eran la mitad de la inflación, expansión monetaria (ahora en franca reducción) y alza en los precios que empujaba la discusión distributiva. La fórmula era plata barata congelamiento cambiario inflación creciente = consumo.
Pero en 2011 todo cambió. En los períodos anteriores, los superávits gemelos daban margen para mantener un tipo de cambio prácticamente estable y a la vez sostener bajas tasas de interés. Pese a la inflación, para los inversores estos rendimientos eran atractivos en dólares y de este modo se fogoneaba el alza de los depósitos. Para los bancos, la ecuación resultaba irresistible: con fuerte cantidad de depósitos condensados a corto plazo hoy el 70% de los plazos fijos vence en menos de 90 días, la única alternativa era utilizar esos pesos para préstamos a corto plazo. En rigor, en los balances que presentaron las entidades, este negocio fue el que salvó los resultados del último período con una tasa de crecimiento para su cartera de crédito al consumo superior al 50% en el año.
Sin embargo, ahora, sin superávit financiero y con el saldo comercial cada vez más chico, la situación es otra. La percepción de que el Gobierno dejará subir la divisa en el mediano plazo llevó a cancelar los depósitos y emprender el camino de la fuga: aprovisionarse de dólares a la espera de una cotización fue lo que terminó impulsando las tasas de interés, algo que inevitablemente terminará desacelerando el crecimiento del crédito, con préstamos más caros, descuentos selectivos y menos cuotas.
Las razones directas hay que buscarlas del otro lado del mostrador. Como se dijo, la salida de capitales llevó a que el insumo de los bancos, el dinero depositado por ventanilla, sea cada vez más caro. La Badlar (la tasa que pagan las entidades financieras por sus depósitos superiores a $ 1 millón a 30 días) escaló casi 1.000 puntos básicos después de haber permanecido por debajo del 10% durante varios años. Así, las colocaciones mayoristas del público se pagan hoy casi 20% anual y esto provocó que el financiamiento a las familias subieran unos 200 puntos básicos en las últimas semanas. Incluso en los últimos días, y ante una mayor demanda de pesos por factores estacionales, se consolidó un nivel de tasas de interés todavía más alto.
En el planeta crédito personal, hoy el Costo Financiero Total promedia el 60% anual o incluso más. Huelga decir entonces que, para los banqueros, esto implica necesariamente una mayor selectividad, un eufemismo para englobar menor cantidad de créditos, a plazos más cortos, requisitos más severos y con tasas más altas. Entre las líneas, el más popular es sin duda las tarjetas de crédito. En las últimas semanas, los bancos elevaron en al menos 5 puntos la tasa de refinanciación al tiempo que el pago mínimo fue del 10% al 20% del resumen en promedio, lo que deriva en un menor margen de posibilidad de endeudamiento. A esto habrá que sumarle la extinción de las cuotas sin interés, ya que los convenios celebrados fueron concebidos en otro escenario e irán venciendo, o es probable que se renueve sólo una parte de ellos. Si bien el futuro depara siempre incertidumbre, en las Finanzas, una parte importante la escriben las expectativas. Así, las tasas más altas llegaron para quedarse, una remedio esperado para una economía que sufre de inflación.