Por Alfredo Sainz - Los problemas de la ropa en la Argentina y sus precios recargados son previos a las declaraciones juradas que acaba de imponer Guillermo Moreno y al esquema de descuentos y promociones de los bancos y los shopping centers. Con razón, los fabricantes se quejan de que los dueños de los centros comerciales y las tarjetas juntos se apropian de más del 40% de los precios al público (ver aparte); sin embargo, para entender por qué los consumidores argentinos terminan pagando dos o tres veces más que un norteamericano por una prenda similar (o incluso de una calidad inferior), también hay que tener en cuenta el actual modelo económico. La política de sustitución de importaciones y el impulso a la fabricación nacional tiene como contrapartida casi inevitable precios en dólares más altos que los que se pueden encontrar en cualquier shopping de Miami. La razón no hay que buscarla exclusivamente en una política comercial de los shoppings y los bancos, sino también en el hecho de que la comparación de precios, en la mayoría de los casos, no se hace contra prendas fabricadas en los Estados Unidos o en Europa, sino en mercados mucho más competitivos (medidos en dólares), como China, Malasia o la India. Con una inflación en dólares en alza y costos laborales cada vez más altos, la gran disyuntiva pasa por elegir tener una industria de indumentaria nacional -que necesita de las políticas activas para subsistir- o, en cambio, priorizar la accesibilidad para los consumidores locales, con el consiguiente costo en materia de empleo, como de hecho ya sucedió en la década del 90. En el medio, la única alternativa viable parece ser La Salada. Jorge Castillo, la cara visible de la megaferia, se jacta de que La Salada es el único centro en condiciones de competir contra la importación. Pero lo que no cuenta es que el modelo de esta feria sólo es factible con evasión impositiva y condiciones laborales no muy diferentes a las de cualquier taller chino.. |