Cualquier estudiante que tome un curso básico de economía aprenderá en una de sus primeras clases qué es la inflación: la inversa (la contraparte) del valor del dinero. Así, si los precios aumentan, el valor de la moneda (su poder adquisitivo, en términos de los bienes que se pueden adquirir) cae. Por eso el Banco Central de la República Argentina, hasta hace un mes, tenía en su hall de entrada una enorme leyenda que decía: "Es misión primaria de este Banco Central defender el valor de la moneda". Traducido: evitar la inflación. Pero el Gobierno se ocupó de bajar ese cartel tras la reforma de la Carta Orgánica del organismo, que pasó, con buen criterio, a tener objetivos más amplios, como el de crecimiento y el fomento del empleo. Habrá que ver si el BCRA, que no pudo con el único objetivo que tenía hasta ahora, puede con tres. Ojalá que sí.
Intentar que la población se maneje en su vida cotidiana con la moneda nacional, el peso, es un objetivo sano y loable. Pero pedirle a la misma población que tras cinco años de inflación por arriba del 20% adopte casi compulsivamente esa moneda "que cada año le sirve para comprar una cuarta parte menos de bienes" es, al menos, osado.
La "pesificación" no se exige. Se predica. Día a día. Con un sistema económico sano, con baja y moderada inflación y con reglas de juego e instituciones sólidas.
Podríamos empezar con dos medidas. Primero, generando un plan antinflacionario serio, que restituya el valor del peso y por lo tanto su uso como reserva de valor. Segundo, "pesificando con el ejemplo". Es decir, que las autoridades nacionales que tienen buena parte de sus ahorros en dólares, lo pasen a pesos. De otra forma, es poco plausible exigirle lo mismo al resto de los connacionales.