Por Jorge Oviedo - El Gobierno ya logró que los argentinos piensen en pesos: los que pueden ahorrar están todo el tiempo pensando en cómo deshacerse de ellos. Habitualmente se define la inflación como el aumento sostenido y generalizado de los precios. Pero también puede pensarse como el rechazo de la moneda nacional. Si es hiperinflación, el repudio es sostenido y generalizado. El público piensa que el dinero es lo menos valioso de todo lo disponible en el mercado y que muy pronto valdrá menos todavía. Es decir, tendrá menos capacidad de comprar bienes y servicios. Durante la hiperinflación que tuvo su pico en 1923, los alemanes corrían a llevar kilos de billetes de marcos para cambiarlos por cosas lo más pronto posible. Y no eran los únicos. Los franceses y los belgas ocuparon el Ruhr para asegurarse de que cobrarían en carbón las reparaciones por la Primera Guerra Mundial exigidas a Alemania en su condición de potencia derrotada. Ellos también creían que el marco era sólo papel pintado. Algo parecido pasó en la Argentina en el primero y peor de los dos picos hiperinflacionarios, en julio de 1989. Los precios de los alimentos aumentaban por hora y los tenedores de australes, la moneda de entonces, corrían por los pasillos de los supermercados tratando de alcanzar los alimentos en las góndolas antes que los empleados que venían con las máquinas de remarcar precios que se usaban entonces. A diferencia de lo ocurrido en Alemania, había en la Argentina un activo de refugio disponible, que era justamente el dólar. Era posible comprarlos a principio de mes para venderlos de a poco, a medida que se necesitaban australes para los gastos diarios. Hasta las empleadas de servicio doméstico recurrían a ese mecanismo. Esa es la ventaja del dólar: es un refugio muy líquido, es decir, fácil de cambiar por otras cosas en el momento que se quiera. Un alemán que hubiera cambiado en 1923 todo su sueldo en aceite, manteca, arroz y harina, porque no se conseguía otra cosa, estaba en problemas si diez días después necesitaba huevos o leche. De hecho, en la Alemania aparecieron sistemas de trueque. En la Argentina de la hiperinflación no hubo trueque porque hubo una moneda que sirvió como reserva de valor. La depreciación del peso en la consideración de los argentinos tiene una sola razón: el Gobierno ha emitido más de lo que demandan. Y frente a un escenario de aumentos de precios generalizados, el dólar oficial casi congelado es una invitación a comprar. Los argentinos siempre se posicionan en dólares cuando la divisa norteamericana está barata en el mercado local. Descuentan que la devaluación será inevitable. Si el Gobierno quiere convencer a alguien de que no hay una crisis profunda de divisas, ha obrado en la dirección absolutamente opuesta. Las restricciones impuestas, para colmo sin normas y apenas después de que se dijera desde lo más alto del poder que no se tomarían, son una invitación a la fuga. Si no es posible comprar billetes de dólares, hay que adquirir cualquier cosa cuyo valor esté atado a la evolución de la divisa norteamericana.. |