En este contexto, el debate sobre el dólar en la Argentina (en rigor, sobre el tipo de cambio) volvió a cobrar protagonismo. Tres preguntas son centrales para comprender el dilema cambiario que enfrenta la presidenta Cristina Fernández: ¿Está atrasado del tipo de cambio? ¿Qué hizo el Gobierno y qué podría haber hecho? ¿Cómo sigue la película?
¿Está atrasado el tipo de cambio?
Uno de los indicadores que se suelen utilizar para medir la competitividad de un país es el tipo de cambio real (TCR). Es decir, el tipo de cambio nominal (el de las pizarras de las casas de cambio) descontada la inflación local y la del país con el que se compara. En el caso del dólar, el TCR acaba de tocar en junio el mismo valor que tenía en la convertibilidad: volvimos al 1 a 1 (en términos reales, no nominales). Según un informe de la consulta Federico Muñoz & Asociados, esto significa que el poder de compra del dólar en la Argentina es hoy tan bajo como lo era en la etapa final de la Convertibilidad. O, si se prefiere, la fuerte inflación en dólares ha ido erosionando la competitividad del tipo de cambio hasta llegar a una situación de un retraso cambiario tan severo como el que sufríamos en aquellos años.
En el Estudio Broda manejan números similares. Según sus estimaciones, en junio el TCR con el dólar estaba a $ 1,01; frente a un promedio histórico de $ 1,63 a lo largo de toda la era kirchnerista.
Pero existe una medida más amplia de la competitividad de un país: el tipo de cambio real multilateral (TCRM). Es una combinación ponderada de los TCR bilaterales con los principales socios comerciales. En este caso, para el Estudio Broda se encuentra a 1,46; es decir aún 46% por arriba de la convertibilidad, pero en franco descenso. De hecho, según los números de Broda, el promedio histórico del TCRM durante el periodo K es de 2,08, es decir que hoy está 30% por debajo de ese valor.
Otro indicador para medir si una moneda está depreciada o apreciada es el Índice Big Mac que elabora la revista británica The Economist. Este indicador se basa en la teoría de la paridad del poder adquisitivo, que postula que al comparar un bien homogéneo en distintos país, en aquellos en los que el costo del Big Mac (medido en dólares) es muy alto ostentarían una moneda sobrevaluada. Por el contrario, si el costo del Big Mac es relativamente bajo, su moneda estaría depreciada.
En el caso de la Argentina, el Big Mac era en el año 2004 (plena época del tipo de cambio competitivo) uno de los más baratos de la muestra. Pero con el correr de los años, y por cortesía de una fuerte inflación en dólares, el costo del Big Mac fue escalando en el ranking global, hasta convertirse en 2012 en el sexto más caro de la muestra.
Pero para Federico Muñoz este encarecimiento oculta un agravante: consciente de la difusión masiva del Índice a escala global y tenaz en su lucha por ocultar todas las referencias de la inflación, el gobierno (Moreno) negoció con Mac Donald's un precio para el Big Mac muy inferior al de otras hamburguesas de la cadena. Si, por caso, tomamos el costo del Cuarto de Libra (que, en el resto del mundo, suele valer lo mismo que el Big Mac), la hamburguesa argentina se convertiría en la más cara de la muestra, señal inequívoca de un severo retraso cambiario.
¿Qué hizo el Gobierno y qué podría haber hecho?
Frente a la evidencia a favor de la apreciación del tipo de cambio, el Gobierno optó por atacar la consecuencia y no la causa. La raíz del problema pasa por un quinquenio acumulado de inflación interna por arriba del 20%. El hecho se agravó con el tiempo porque el perder el superávit fiscal como ancla inflacionaria, el Gobierno optó por dejar el tipo de cambio nominal en un estado cuasi fijo frente al vertiginoso crecimiento de los precios.
La apreciación cambiaria llevó una disparada de las importaciones en 2011, que junto a la fenomenal fuga de capitales del año pasado (u$s 21.500 millones) generó un hecho inédito en la historia K: hubo pérdida neta de reservas en el Banco Central. Con este objetivo, se atacó la consecuencia, en vez de la causa, y se instauraron en los últimos meses crecientes controles, primero a las importaciones y luego a la compra de dólares. Que tuvieron su corolario pocos días atrás con la prohibición explícita de la compra de dólares para ahorrar.
Ello, claro, generó un desdoblamiento cambiario de facto. Con un dólar paralelo que viene en ascenso y el viernes alcanzó una brecha récord con el oficial del 35%. Al mismo tiempo, desde octubre (inicio de los controles cambiarios) ya se redujo 41% el stock de depósitos en dólares en el sistema financiero, lo que restringe también la prefinanciación de exportaciones por parte de los bancos.
¿Cómo sigue la película?
La solución de fondo, coinciden los analistas, es lograr implementar un plan anti-inflacionario sostenible, que permita ir reduciendo la tasa de aumento de los precios internos a lo largo de varios años. En la actual situación, una devaluación cambiaria lisa y llana sería un juego de suma cero con la inflación (lo que se gana por un lado, se pierde por el otro).
De todas formas, un plan para la inflación luce casi surrealista para un Gobierno que ni siquiera reconoce la inflación. La mayoría de los consultores privados coinciden en afirmar que el corralito cambiario llegó para quedarse. Y que en caso de haber alguna modificación será hacia la formalización del sistema. Es decir, aplicar tipos de cambios diferenciales para la industria, el comercio, el turismo, las finanzas, etc. La consultora Quantum Finanzas, que dirige Daniel Marx, señaló en uno de sus últimos informes que una alternativa es formalizar -al menos transitoriamente- un esquema de tipos de cambio diferenciales; uno comercial (más barato) y otro financiero. Pero advirtió que mientras tanto, el status quo puede durar algún tiempo. Al fin y al cabo, la variable de ajuste de todos estos desequilibrios, lamentablemente, parece ser el nivel de actividad.