De todas formas, buena parte de la oferta de pesos fue a parar a sectores que ya tenían un buen stock de los mismos.
Los pesos que no querían, los vendían. Durante los últimos 5 años, el sector privado vendió $ 300.000 millones y a cambio compró dólares. Esos dólares provenían del saldo que resultaba de la diferencia entre lo que se vendía al exterior (exportaciones, entrada de divisas) y lo que nos vendían desde el exterior (importaciones, salida de divisas).
Hoy, con las restricciones vigentes, los pesos que circulan por la economía y no quieren ser transformados en consumo (ni en dólares), parecen no tener un destino dilecto. Podrían colocarse a plazo fijo, pero la tasa no alcanza para cubrir el alza de los precios. Y ya se sabe: mucha oferta, poca demanda, el precio de ese activo disminuye. Este movimiento se completa con un dato no menor: la moneda local en la economía argentina es una mercancía que medido en otros productos (euros, manzanas, pasta dentífrica), vale menos.
Las razones para deshacerse rápidamente de la moneda de curso legal hay que buscarlas, primero, en la inflación, el más implacable de los impuestos, ya que lo paga todo aquél que utiliza la moneda. Pero a este factor, central, ineludible, riguroso y urgente, se agrega uno no menor: desde hace dos semanas, el peso es una moneda que no es convertible.
Si queda un resquicio para cambiarla por dólares en la plaza informal, se aprovecha.
Convertibilidad
En la historia económica, si existe un atributo que hizo triunfar al dinero una creación de la mercado que luego monopolizaron los estados, como elemento de intercambio, fue su poder de ser transformado en otros bienes, pero también en otras monedas. Dar por tierra con este atributo esencial compromete seriamente su utilización.
Esto provoca que exista cada vez más gente y, por ende, más pesos, dispuestos a ser sacrificados a valores que pueden resultar poco legítimos para conseguir una moneda convertible que al menos mantengan su poder adquisitivo y que pueda ser utilizado como medio de cambio a futuro.
El fuerte consumo, la presión sobre los precios y la natural evolución de un mercado paralelo son el reflejo fiel de esta ansiedad que no hay que subestimar. Habrá que prestar atención.