Por Gerald F. Seib - Estos son tiempos que ponen a prueba el espíritu de aquellos que favorecen al libre comercio. En Estados Unidos este es un año electoral y el déficit comercial se ha disparado. En junio, el país importó US$55.800 millones más en bienes y servicios que lo que exportó. La destrucción de empleo se ha transformado en una cuestión económica, ejemplificada en el traslado de puestos de trabajo al extranjero. En medio de todo esto, Robert Zoellick ha tenido una reacción intrigante, casi escandalosa: impulsar el libre comercio más que nunca. Y no sólo eso, su jefe, el presidente George Bush, ocupado en plena campaña electoral, lo respalda totalmente. Zoellick es el representante comercial del gobierno de Bush, y su apoyo continuado al libre comercio en medio de grandes presiones políticas para ir en la dirección contraria es una de las historias más sorprendentes y menos conocidas de este año electoral. Zoellick dice que el gobierno está "yendo contra la opinión generalizada" y tiene razón. En las últimas semanas el gobierno firmó un acuerdo para sumar a la República Dominicana a los cinco países centroamericanos que ya forman parte de un acuerdo de libre comercio, firmó otro acuerdo de libre comercio con Australia, impulsó un acuerdo comercial con Marruecos en el Congreso y revivió las moribundas conversaciones sobre un nuevo acuerdo global que reduzca los aranceles comerciales. De hecho, el gobierno estadounidense ha cerrado acuerdos de libre comercio con nueve países en los últimos ocho meses. Lejos de ceder al sentimiento populista y proteccionista de esta temporada electoral, en realidad el gobierno parece comprometerse más con el libre comercio a medida que se acerca la elección presidencial. Se trata de una cuestión de convicciones, aunque también puede ser resultado de las experiencias un tanto dolorosas del gobierno. El gobierno de Bush favoreció el proteccionismo no hace mucho, cuando impuso aranceles temporales a la importación de acero. Fue un intento obvio de tratar de apaciguar a la industria siderúrgica y estados electoralmente indecisos, los denominados swing states, como Pensilvania y Virginia Occidental, además de ser un intento para conseguir apoyo político para la liberalización de mercados en otras zonas. Si bien los aranceles le dieron algo de tiempo a la siderurgia nacional para reorganizarse y reagruparse, a los fabricantes de otros estados indecisos no les hizo gracia ver subir el costo del acero. Ahora parece que Bush ha dejado atrás esa experiencia y se vuelca en la defensa del libre comercio. En un viaje a Ohio (el estado más importante de aquellos donde todavía no está claro si ganarán los republicanos o los demócratas), elogió la forma en que el libre comercio trajo a más de 900 fábricas extranjeras al estado, y más de 16.000 empleos sólo en la fabricación de autos Honda. "Cuando los políticos en Washington atacan al comercio por razones políticas, no mencionan a estos trabajadores, ni a los 6,4 millones de estadounidenses que reciben sueldos de compañías extranjeras", aseguró el mandatario. "En todo EE.UU., desde Marysville, Ohio, a Seattle, Washington, los trabajadores están mejor, mucho mejor, porque esta es una nación de comercio, optimista y exitosa". Por su parte, Zoellick también parece un hombre deseoso de defender las ventajas del libre comercio a nivel político, aun cuando el entorno arremete contra la deslocalización y los empleos perdidos a manos extranjeras. Zoellick se apoya en las estadísticas: más de 12 millones de estadounidenses trabajan en puestos dependientes de la exportación, con sueldos que están alrededor de un 18% por encima del promedio. Uno en cada cinco empleos en fabricación depende de las exportaciones. Un tercio de cada 1,2 hectáreas cosechadas se exporta. Un cuarto del crecimiento económico en la década de los 90 provino de las exportaciones. Para compensar esas estadísticas está la realidad incómoda de que, a pesar de la tendencia al libre comercio de este gobierno y del de Bill Clinton, el país perdió 1,1 millones de puestos de trabajo desde el año 2001. Si el comercio crea empleo, ¿por qué cae en las estadísticas? Zoellick tiene una respuesta para todo esto. La principal razón por la cual EE.UU. tiene un déficit comercial industrial, según Zoellick, no es porque compre más al exterior, si no porque no está exportando lo suficiente. El problema radica en el hecho que las barreras comerciales tienden a ser mayores en el extranjero que en EE.UU. Según esto, los acuerdos de libre comercio, por definición, deberían ayudar más a EE.UU. que a los otros países: los demás tienen que acabar con barreras más altas, mientras que EE.UU. tiene que eliminar barreras más pequeñas. En ese caso, las más favorecidas deberían ser las exportaciones estadounidenses. "El beneficio de las negociaciones de libre comercio es que estamos igualando el terreno de juego por completo", afirma Zoellick. Así las cosas, en teoría EE.UU. saldrá siempre ganando, en la medida en que el otro lado cumpla lo prometido, algo que el gobierno de Bush dice poder garantizar. Este es un mensaje económico coherente en un momento en el que el equipo de George Bush se esfuerza por tener alguno y tiene el beneficio añadido de ser una de las ideas que el presidente cree con firmeza. Oiremos hablar más del tema durante la próxima semana en la convención nacional republicana, y también después. |