Por JULIÁN GUARINO - Si el 2012 fue el año donde la pesificación se afianzó y las causas que le dieron origen –el atraso cambiario y la fuga de capitales– sobrevivieron (aunque con dispar expectativa), el 2013 será, en opinión de muchos, la segunda parte de una película que no ha logrado la aceptación generalizada de la crítica y el público y que todavía lucha por estar en cartel. En el reparto, el desequilibrio fiscal, la insuficiente inversión, la expansión monetaria, la puja distributiva, el gasto público, y las estructuras oligopólicas del mercado podrían volver a tener un papel relevante. La inflación se llevará la parte del león, ya que es consecuencia directa de la interacción de ese conjunto. En los últimos años el incremento de los precios no ha bajado de 25% anual con la tenaz distorsión que conlleva en la inversión bruta, la exangüe supervivencia del poder adquisitivo de los salarios y el deterioro del tipo de cambio real. No es el 2001: el empleo se mantiene en niveles aceptables, el consumo arrasa, y muchos sectores siguen registrando ganancias que son récord, pero habrá que asumir que se pasó de un crecimiento a tasas chinas, a un escenario de latencia, donde las decisiones de inversión se postergaron y las que sí se hicieron, sirvieron, apenas, para sostener el nivel de actividad. El año electoral es la clave: de ahí se desprende que habrá mayor gasto público, políticas para estimular el consumo, planes sociales más generosos, y hasta acuerdos salariales. La restricción externa (mercados menos dispuestos a importar, bancos centrales interesados en debilitar tasas y tipos de cambio para ganar competitividad que definen, por ende, la disponibilidad de divisas) será determinante para saber qué margen de recuperación podrá tener la economía. La política cambiaria de flotación administrada continuará con su procesión y la tasa de devaluación adoptaría, por vez primera, una velocidad apenas debajo de la tasa inflacionaria. Por ende, el valor del dólar paralelo tendría un “piso” de apreciación del 20%, pero hay quienes estiman que una mayor emisión (pesos que no se demandan) impulsaría aún más al blue. Por el lado del crédito, habrá una puja entre el sector público, las familias y los particulares. No debería sorprender que el BCRA siga inyectando pesos, y decidiendo el destino de los depósitos bancarios para reemplazar la emisión conservando la asistencia crediticia a la producción.
Volviendo al dólar, desde el plano de las finanzas personales, el ahorro será el interrogante. Para aquellas familias que quieran postergar consumo, las alternativas seguirán siendo pocas. Los ladrillos ofrecen oportunidades para aquellos que tengan una propiedad para trocar, un terreno o que estén dispuestos a “entrar” en un fideicomiso en pesos desde el pozo con cláusula de ajuste incluida. Por otro lado, podría tenerse mayor presión en el mercado informal del dólar.
Si bien se dice que en el cine las segundas partes nunca son buenas, en la economía y las finanzas, al menos, los límites que propone lo empírico son siempre más complejos y, por ende, difusos. Muchas veces, mientras asistimos al espectáculo del consumo, el ahorro y la inversión, se planeta la pregunta sobre si lo que se está viendo, es la segunda parte de una película que ya vimos o el comienzo de una nueva.
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