Por MARIANO GORODISCH - Si venís a comprar dólares, te conviene cambiar hoy mi hijito, el billete está aumentando todos los días. Nunca baja.
La recomendación parte de la boca de un arbolito de Florida, en realidad de una arbolita. Parece un consejo de madre y de hecho, la señora bien podría ser una ama de casa: una mujer de más de cincuenta que desde hace un mes y medio está instalada en la tradicional peatonal porteña voceando cambio.
Ella es uno de los alrededor de 500 arbolitos que se estiman hoy trabajan para las 100 cuevas que existen en la City especializadas en la venta de divisas.
Cada financiera tiene un promedio de cinco arbolitos trabajando para ellos. Y tratan que el perfil de cada uno sea muy diferente, de modo de captar a todos los segmentos del mercado.
De hecho, para la misma cueva trabaja una seductora veinteañera, que busca captar a la audiencia masculina.
Pero al pulular por la City porteña es posible en verdad ver de todo: desde chicos de 18 años que recién empiezan hasta abuelos que, de una u otra manera, han estado vinculados con el mundo financiero. Basta acercarse a cualquiera de ellos para tener un panorama de las cotizaciones del día que, en el caso del euro, durante la jornada de ayer llegó a pagarse $ 9 y a venderse en $ 10.
Claro que empezar a trabajar en este rubro no es sencillo. La clave es conocer a alguien, tener algún contacto. Muchos empezaron en la calle como promotores de shows de tango (donde ganan menos). Al estar todos los días al lado de los arbolitos, cuando alguno se iba, eran candidatos para entrar en la financiera, ya que habían generado la confianza necesaria.
Los cueveros tienen miedo de que alguien les pida trabajo para marcarlos y que avisen para que les roben cuando salen de su oficina con mucho dinero. Por eso se cuidan.
Por otra parte, existen dos bandos de arbolitos: los de Florida, donde los más antiguos tienen sueldo fijo, y los de Lavalle, que por lo general van más a comisión, que es como se inician. Yo antes trabajaba en otra sucursal de esta cueva en Lavalle. Si bien tenía días de $ 200, por ahí en otro hacía sólo $ 20. En cambio, ahora en Florida me llevo $ 6.000 fijos todos los meses, entonces estoy más tranquilo, relata un arbolito peruano.
Entre ellos hay códigos establecidos que, si bien no están escritos, todos los conocen. El más importante es que el cambista, si quiere vocear, no se puede mover de su lugar de trabajo. Se puede ir a 20 metros en caso de que su sitio esté por unos minutos ocupado con algo, pero no puede abrir la boca, ya que es terreno de otro colega. Uno de los clientes favoritos del rubro son los orientales, porque no regatean. Entonces, les pagan $ 6, que es el piso, ya que muchos hoteles pagan $ 5,80 por cada billete, entonces así les mejoran algo el precio.
Si veo a un turista venir desde San Telmo, caminando por Perú hasta llegar a Florida, le puedo ofrecer $ 6 por sus divisas, ya que seré el primer cambista que ve. En cambio, si la persona viene desde el otro lado, o sea caminando por Florida desde Corrientes hacia donde estoy yo, en Bartolomé Mitre, le tengo que ofrecer $ 6,80, porque significa que ya pasó por todos los arbolitos de Lavalle, revela un conocedor de este oficio: Algunos, incluso, se vienen con el detector de billetes falsos y controlan con ese lápiz uno por uno.
Su consejo: no ir nunca a cambiar un domingo, ya que es el día de peor cotización. Si alguien quiere comprar dólares, le pueden cobrar $ 8, porque como las mesas de dinero están cerradas, no saben a cuánto puede llegar a abrir al día siguiente. Y los billetes los compran a $ 6, para no arriesgar su capital en caso de que la divisa baje.
Además, los domingos son muy pocos los arbolitos, entonces hay menos competencia. Los sábados, si bien el mercado no opera, la competencia es mayor, entonces los precios se pueden pelear un poco más. Yo estoy vendiendo a $ 7,10, pero digo $ 7,20 para poder tener un margen de maniobra, de modo que si el cliente me regatea lo puedo bajar a $ 7,15, y si me sigue peleando el precio se lo puedo dejar en $ 7,10. Así el tipo se va contento y cree que salió ganando, cuando en realidad otros ofrecen directamente esta cotización, pero fija y sin regateo de por medio. Pero a mi me gusta que la gente se vaya contenta, que crea que me ganó, así vuelven, admite un comercializador del dólar green, como se denomina en la jerga al que venden los arbolitos.
Para abodarlos por primera vez, y parecer que uno tiene cancha, lo ideal es preguntarles: ¿A cuánto tenés el billete?.