Por Francisco Olivera - José Ignacio de Mendiguren, presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA) y quien conducía el encuentro, planteó la cuestión más espinosa sobre el final, cuando la primera reunión formal del año de la entidad fabril casi expiraba. ¿ Cómo van los acuerdos de precios ?, le preguntó a Daniel Funes de Rioja, líder de la cámara alimenticia Copal. Fueron varios los que se explayaron, y la conclusión, unívoca: la mayor parte de ellos no le augura un buen futuro al congelamiento aplicado por el Gobierno. Sirvió como disparador temático al cabo de un encuentro que, a diferencia de otras veces, casi no había mostrado discusiones por la situación micro y macroeconómica : los problemas parecen estar ahí y ser bien visibles, más allá de las interpretaciones. En realidad, Funes de Rioja no contestó de manera directa a la pregunta del empresario textil. Dijo que las medidas aplicadas por el Gobierno eran con los supermercados, no con los proveedores, y que el sector que él representa, el de los alimentos, tenía acuerdos supervisados por el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, desde 2005. La inquietud de Mendiguren es un desvelo más o menos reciente en la UIA. Allí están convencidos de que, si no le encuentra soluciones a la inflación, el Gobierno empezará a buscar culpables entre lo que llama "formadores de precios", que son las propias corporaciones. Surgió entonces una idea para adelantarse a la embestida: se le encargó al Centro de Estudios de la entidad, que conduce el economista Diego Coatz, que hiciera un relevamiento sobre el comportamiento de los precios del sector fabril. Es decir, un contraste detallado entre "precios salidos de fábrica y precios al consumidor". La propuesta fue apuntalada por una queja de Alberto Álvarez Saavedra, vicepresidente pymi de la UIA y representante del sector de laboratorios, que dijo ver con preocupación que se había instalado en el mercado la imagen de lo caros que estaban los medicamentos y que eso no era cierto, porque hacía cuatro años que prácticamente no subían. Alguien en el recinto le apuntó que también los veía más caros, y Álvarez Saavedra insistió en que no era así, porque el núcleo de todos los remedios del sector era supervisado por el Gobierno. No fue una reunión rebosante de optimismo. Momentos antes, varios habían alertado sobre el temor que suscitaba un frente gremial dividido cuando todavía no empezaron las paritarias. Manfredo Arheit, representante de los empresarios metalúrgicos, agregó que su sector había dado un 1200% de aumentos salariales desde la salida de la última crisis y que ya no tenía margen de negociación. Para peor, el informe de actividad había predispuesto mal a varios: mostró una caída en la industria del 2,2 por ciento el año pasado en relación con 2011 y escasas expectativas de una rápida recuperación para los próximos meses. ¿Cómo revertirlo, si la mayoría dice estar perdiendo competitividad como consecuencia de la inflación? Quien se extendió en el tema fue Cristiano Rattazzi, líder de Fiat Auto, que planteó además la inconveniencia de tener un tipo de cambio desdoblado. La idea del empresario es que, si finalmente se aplica, una política de ese tipo tiende a encarecer sólo el dólar financiero, no el dólar comercial. Conclusión: un tipo de cambio desdoblado no resuelve los problemas de competitividad. Lo único alentador de la tarde fue una carta de agradecimiento del canciller brasileño, Antonio Patriota, hacia la UIA por el acercamiento bilateral que supuso la última conferencia industrial, en Los Cardales, con la participación de las presidentas Cristina Kirchner y Dilma Rousseff. Miguel Acevedo, de Aceitera General Deheza, se ofreció para traducirles a todos el mensaje, que los motivó a trabajar por un encuentro similar que se desarrollará en pocas semanas en Salvador, Bahía. Después de todo, si algo ha quedado claro últimamente es que la suerte de la industria argentina depende en gran medida de lo que suceda en Brasil.. |