Por Pablo Fernández Blanco - Desde hace al menos 330 días el presidente de YPF, Miguel Galuccio, piensa en lo mismo: cómo lograr una salida negociada al conflicto que despertó con Repsol la estatización de sus acciones en YPF. No por una simpatía con la española, que para el ingeniero hizo un pésimo trabajo al frente de la empresa que él conduce hoy. Sino por sus propios intereses en la petrolera. Galuccio estudió en el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), pasó por la "selección petrolera" que armó José Estenssoro en la etapa mixta de YPF, en los años 90, y años más tarde emigró a Londres, donde se consolidó como un ejecutivo maduro al frente de uno de los negocios del gigante Schlumberger, un proveedor de servicios con una facturación mucho mayor que la de YPF. Galuccio, quien convenció a la presidenta Cristina Kirchner de encarnar en sí mismo el nuevo ADN que requiere YPF así como de tener dotes para esparcirlo entre sus trabajadores, delineó su perfil corporativo en la capital inglesa. La ciudad que le dio nombre a la famosa tasa Libor, que regula movimientos financieros en todo el planeta, es una de las principales metrópolis internacionales donde empresas medianas y grandes dedicadas a la explotación de recursos no renovables buscan saciar su sed de crédito. Como buen aprendiz, el ingeniero reconoció desde el primer momento que la mala fama que echó sobre las espaldas de YPF la estatización le cerraría la puerta de los mercados financieros internacionales. El viernes 27 de julio de 2012, en una reunión que mantuvo con analistas de bancos de inversión en la torre de Puerto Madero, Galuccio les reconoció que estaba perfectamente al tanto del escepticismo de los inversores globales con respecto a YPF tras la nacionalización. Más aun: consideraba que no eran una opción para nutrir de fondos a la empresa en el corto o mediano plazo. El tiempo le dio la razón a Galuccio. Aunque la intervención del mercado petrolero a través del decreto 1277 (irónicamente, se dio a conocer mientras el ejecutivo hablaba con los bancos), el cepo cambiario y las múltiples señales antimercado que muestra el país se encargaron de ensombrecer aún más el panorama, Galuccio nunca desistió de su iniciativa por devolver a YPF la aceptación del mercado. Se reunió con posibles inversores, habló en seminarios, viajó a Londres para "vender" la empresa y cerró acuerdos, todavía en etapa de definiciones, con la norteamericana Chevron; con Bridas, de la familia Bulgheroni, y con Corporación América, de Eduardo Eurnekian. Nada que hasta ahora haya traccionado un solo dólar real a Vaca Muerta, la formación neuquina de hidrocarburos no convencionales de la que hoy habla todo el mundo petrolero. Galuccio sabe que un acuerdo con Repsol es el engranaje que une las partes y les da valor a sus esfuerzos de los últimos meses. Por eso sus colaboradores sugieren que la solución está cada vez más cerca.. |