Hoy, pasados 10 meses de esa fecha, el dólar oficial finalmente alcanzó los $ 5,10 que hiciera popular el dólar Aníbal. En cambio el dólar negro nunca volvió a ese valor. Ese lunes de junio, ante la expectativa flaca de algunos y la ferviente credulidad de otros, la cotización paralela apenas se movió para proseguir después su camino alcista, el mismo sendero que ayer lo depositó en los $ 8,27 por dólar (70% de suba en los últimos 12 meses) y que podría llevarlo fácilmente varios escalones por encima de ese valor antes de fin de año. Lo mismo parece suceder con el tipo de cambio oficial: de 8% se pasó a 16% de devaluación y, en las últimas semanas, la tasa ya coquetea con un 30%.
Las variantes del mercado argentino demuestra que la singularidad no le va en zaga y que en estos últimos meses no sólo esa plaza luce afianzada. Las cotizaciones de los distintos dólares parecen consensuar que existe, desde la borrosa clandestinidad, un dólar tarjeta, un dólar turista, uno blue, uno oficial, uno gris (fuga), uno green (arbolito), otro celeste (inmobiliarias)... y otro Aníbal. Por supuesto, este último nunca se movió de $ 5,10, pero para algunos, quedó allí varado como testimonio de un tiempo en el que el mercado paralelo rezumaba verdor y escepticismo, no sólo por la colorida presencia del billete, sino por lo incipiente de una existencia que prometía consolidarse a medida que surgieran nuevas barreras para comprar dólares.
Sin caer en el reduccionismo que es todo planteo, si bien los razonamientos para justificar la suba parecen encarnarse con más vehemencia en los preludios vacacionales, de fondo, todo apunta a la sencilla ecuación entre la demanda sostenida y una oferta escasa, es decir, el incremento en la cantidad de dólares que buscan las familias que sin duda ha gravitado en forma inquietante en los valores que se pagan en el mercado paralelo. La suba del blue conspira contra el principal proveedor de dólares del Gobierno: el agro. Una brecha del 62% entre la cotización oficial y la paralela, sumado a las retenciones a la soja, hace que dolarizarse tenga un costo elevado para el productor, que prefiere ahorrar en granos.
Desde el punto de vista macroeconómico, el daño viene por el lado de las expectativas de devaluación, consumo e inflación; el dólar blue genera distorsión en los precios relativos, alimenta la presión sobre el dólar oficial y la necesidad de devaluar, y obliga al Gobierno a sumar medidas restrictivas.