Por Julián Guarino - Pragmatismo en estado puro. Sin plan, o con uno de corto alcance. Todo ello contribuye a dar por perdido un debate que, parece, dividió, incluso, al propio oficialismo. Hubo un tiempo donde las reservas ideológicas de algunos militantes tejieron un dogma del desprestigio de la devaluación. Atrás ha quedado el visado honorable que implica considerar la devaluación como un mecanismo que disminuye el poder adquisitivo del asalariado o aseverar que hoy una devaluación no es lo mismo que en 2003, ya que si la Argentina devaluara en términos reales, es decir, más allá de lo que marca la inflación, la economía podría no beneficiarse directamente con un aumento de las exportaciones porque la recesión de los países centrales busca precisamente reemplazar sus importaciones con producción local. Del otro lado, existen algunas razones objetivas que podrían hacer pensar en una devaluación como necesaria: el deterioro del tipo de cambio real producto del elevado incremento de precios que sufre la economía argentina y la restricción externa que comprime las exportaciones y, por ende obliga a un control más ajustado de las importaciones, todo eso implica un escaso saldo (cuando hay) de balanza comercial. En rigor, la novedad es que, ahora, se busca frenar la inflación con acuerdos de precios, presión a negociar paritarias y la apertura de importaciones en sectores que se abusan de su laissez faire. Se trata de un mecanismo alternativo que busca reemplazar el ancla inflacionaria que fue dejar el valor del dólar congelado. Sin embargo, se está devaluando la moneda. Y se hace a distinto ritmo, según se trate de la divisa que maneja el agro, el turismo, la industria o los ahorristas. Para afrontar la pérdida de competitividad que supuso la inflación acumulada y, por ende, para poner un paliativo al atraso cambiario, se atacó a las consecuencias: se sumaron medidas restrictivas. Nadie pudo ya comprar un dólar. Hoy asistimos a un escenario donde un combo de medidas (con Moreno a la cabeza) podría ganar algo de tiempo, pero de fondo, lo que hay, es lo que ya se hizo. Devaluar es, ante todo, haber perdido en ese desafío que es ser eficiente. No es grave, pero sí genera un desgaste en la confianza. Pone remedio, si, a la falta de productividad y potencia la actividad económica a pesar de no contar con una alta inversión. Salva empleos. Pero a la vez, implica recortar los ingresos reales de quienes cobran un salario. Transfiere riqueza, de aquellos cuyos salarios se achican, a aquellos que optaron por ahorrar en dólares o producen los productos que se van a exportar con mayor facilidad. Se empequeñece el consumo en el mercado doméstico para generar una salida más rápida de la exportación. Eso genera dólares. Y con dólares... El Gobierno devalúa en forma espasmódica, repentina. Y después reniega de ello. Reta a los mismos que observa especular. Los amenaza pero después los deja hacer. Pero en el inconsciente colectivo, queda la sensación que cuando el dólar sube... no baja. Va de nuevo: por un lado, sin un criterio homogéneo se cierran las compuertas de acceso en el mercado cambiario y, por ende, se consolida una plaza informal. Al subir la presión de la demanda, el precio sube. Ese valor comienza a ser poco a poco la referencia para los distintos mercados, el inmobiliario, el financiero, el de consumo, el de turismo, el del agro. En algunos casos es por dedicación exclusiva; en otros por omisión. No sólo se devalúa; también se desdobla el tipo de cambio. Esto conlleva un riesgo: es posible desdoblar el tipo de cambio tantas veces como sea necesario. Pero cada vez que se hace, es más difícil controlarlo. |