Muchos inversores institucionales comienzan a percibir que el cepo cambiario tiene los mismos defectos que la convertibilidad. Su permanencia “a rajatabla”, sin una sana política macroeconómica detrás que permita alguna vez soñar con levantar estos mecanismos cambiarios contra-natura, hacen que más temprano que tarde todo el mundo asuma que existe un creciente riesgo cambiario y actúe en consecuencia.
Es así que las empresas grandes hace meses que prefieren endeudarse en pesos en el mercado local en lugar de asumir obligaciones en dólares en el exterior. E incluso cancelan sus vencimientos, a tal punto que en términos netos se fueron del país poco más de US$1.500 millones en los primeros en los primeros cuatro meses del año. ¿Por qué actúan así, siendo que todavía existen líneas disponibles en el extranjero y a tasa muy baja? Porque si tiene deudas en pesos les permitiría licuar sus saldos ante una devaluación o evitar un tipo de cambio más alto, el financiero, ante un desdoblamiento cambiario.
Hay que tomar en cuenta, por otra parte, que el Gobierno ya ha puesto las barbas en remojo en cuanto a las necesidades de la economía. Al haber podido desinflar el dólar blue de los elevados niveles anteriores (dos semanas atrás había llegado a tocar los $10,45 en medio de un verdadero alud de rumores) a fuerza de suba de tasas, anuncio de blanqueo y venta de bonos en dólares de la ANSES, encontró ahora el momento propicio para acelerar la depreciación del tipo de cambio oficial.
Cierra mayo con una suba del 1,75%, con lo que marca una tasa anualizada de apreciación del 21%, lo cual comienza a aproximarla al ritmo que tiene la inflación “real”.
Los bonos en dólares parecieron tocar un piso. Los especuladores aprovecharon la oferta de bonos que hizo la ANSeS para contribuir a deprimir el contado con liqui (y con ello al blue). Solo un fallo adverso en Nueva York, de final todavía incierto