La nueva conducción del Banco Central despierta positivas expectativas para perfeccionar el marco macroeconómico.
En lo esencial, se trata de tres líneas:
Profundizar la estrategia cambiaria, clave para el desarrollo. Vía un compromiso más decidido y explícito por una regla de estabilidad real (y no nominal) del tipo de cambio a un nivel bien competitivo (target cambiario), que aliente la certidumbre empresaria pro inversión, adoptando el valor nominal de $ 3 a $ 3,05 por dólar como un hito de tránsito al respecto. Está implicado en esto la correlativa disponibilidad frontal de instrumentos al efecto, no limitados a las compras de divisas por parte del Banco Central y del Tesoro.
No desistir de una cierta formalización del compromiso antiinflacionario. Claro que en un rango tolerable, afín a la perspectiva del desarrollo. Hay, pues, que superar el inflation targeting (IT) en su versión convencional (unidimensional, circunscripta a la meta de inflación), hacia un criterio desarrollista, inclusivo de las referencias de tipo de cambio real y de actividad (este sería un concepto de inflation targeting tridimensional). Con el acople de ‘anclas múltiples’: disciplina fiscal, políticas activas de salarios y de precios (más la razonabilidad monetaria).
Reforzar la expansión del crédito, ampliando plazos (calzando mejor con la inversión) y con condiciones accesibles. Esto remite a redescuentos ad hoc o a la movilización de la liquidez bancaria disponible respaldada con la ampliación ponderada de los mecanismos de asistencia por eventual iliquidez. Naturalmente, en simultánea, puede imponerse una readecuación del programa monetario de cara a la consistencia con el inflation targeting tridimensional.
Estas acciones, empalmando con el encauzamiento de las negociaciones externas (en las que habrá que defender aquéllas), ayudarán a consolidar el modelo competitivo-productivo. |