“La bandera del tipo de cambio competitivo se fue perdiendo por la inflación y la Argentina entró en terreno de atraso cambiario,” dice Ramiro Castiñeiras, de Econométrica. “En un contexto de aceleración de la inflación, con el tipo de cambio por debajo de su nivel de equilibrio y presiones en el mercado cambiario, el nivel de actividad económica difícilmente puede alcanzar una buena performance,” indica el IERAL.
Desde el Estudio Bein señalan que la distorsión de precios relativos genera “dificultades para sostener niveles de consumo público y privado récord, con un atraso cambiario de 15 a 20% y tarifas fuertemente subsidiadas”. Además, “genera problemas de competitividad en no pocos sectores, en particular en la industria y en las economías regionales”. Esto se potencia porque el dólar oficial estimula la demanda de importados, lo que a su vez genera una presión adicional sobre el sendero de caída en las reservas del Banco Central.
En lo que va del año, la autoridad monetaria perdió US$8.000 millones de reservas, un monto que se utilizó para pagar deudas y para sostener el tipo de cambio. Así, esta semana las reservas cerraron al filo de los US$35.000 millones.
“Ya no hay más margen para seguir con el atraso, porque empieza a frenarse el nivel de actividad. Es más conveniente importar que producir”, apunta Castiñeiras. Entre enero y julio, las importaciones crecieron 11%, mientras la producción local acumula un alza de 0,6% apenas, según datos del Estudio Ferreres (ver página 7). Este año, el Gobierno comenzó a acelerar la depreciación del peso. En agosto, en simultáneo con lo que estaba ocurriendo en ese momento en Brasil, cuando el real se devaluaba hasta llegar a 2,45 por dólar, el peso llegó a devaluarse a un ritmo del 40% anual. En septiembre, el real comenzó a bajar –se ubicó en 2,22–, y el gobierno de Cristina Kirchner desaceleró la depreciación del peso y la llevó al ritmo actual, del 25% anual. Para algunos analistas, esta decisión de bajar un cambio obedeció también a que la devaluación del 40% empezaba a transmitirse a algunos precios de la economía.
“Si el Central toma la decisión de no dejar que el tipo de cambio se atrase más, va a tener que devaluar al ritmo de la inflación. Esto no va a ser inocuo sobre el nivel de precios, pero no creo que la inflación se vaya mucho más lejos de los números que estamos viendo”, dice Castiñeiras.
Mientras el pago de la deuda deteriora las reservas, las exportaciones –que este año vienen creciendo a un tímido 5% anual– son la única fuente de dólares con la que cuenta el país. Así, para este año, los economistas privados estiman que el saldo comercial rondará entre los US$8.500 y los US$9.000 millones. Los números oficiales son algo más optimistas y prevén que el superávit será de US$10.500 millones. “Todo el saldo se va en financiar el turismo argentino en el exterior”, sostiene Castiñeiras. A partir de este dato, señala que lo más probable es que, tras las elecciones, el Gobierno cambie las normas para el turismo y suba el actual impuesto del 20% que cobra la AFIP o bien desdoble el tipo de cambio con un dólar más alto para viajeros. “El Gobierno no quiere usar las reservas para financiar el consumo”, apunta.
Como en un juego de palitos chinos, para apaciguar el estrés cambiario Cristina Kirchner necesita ir desactivando cuidadosamente las principales variables que lo inflaman así evitar que el andamiaje se venga abajo.
Desde la óptica de la consultora Ecolatina, “la mayor depreciación del tipo de cambio, aislada de un programa integral que ataque simultáneamente los desequilibrios macroeconómicos, difícilmente sea una solución”.
Castiñeiras remarca que “una sola medida no modifica el escenario. Sólo devaluar o sólo subir la tasa es postergar el problema, lo que se necesita es recuperar los pilares del modelo: los superávits gemelos. Para esto, el principal desafío viene por el lado fiscal. No creo que el deterioro macro se siga profundizando, porque entonces habría que aumentar el uso de reservas y no sé si el Gobierno va a estar dispuesto a esto”.
Para Bein, “un ajuste gradual para evitar una brusca pérdida de poder adquisitivo requiere volver a establecer un ancla estadística, una tasa de interés de ahorro en pesos más alta y más cercana a la inflación real, alguna vuelta más al encarecimiento del turismo, vía crédito o más impuestos, un firme manejo de la puja redistributiva, y, fundamentalmente, el inicio del desarme de la montaña de subsidios que hoy representan casi el 5% del PBI”. Esto permitiría “aprovechar el aire fiscal resultante para mejorar el tipo de cambio de los sectores exportadores, vía una baja de retenciones y una menor necesidad de financiamiento directo al fisco,” sostiene.
Más allá de la depreciación del peso, son pocas las medidas que van en ese sentido. Desde la consultora Empiria remarcan que con las últimas medidas de relajación impositiva –los cambios en Ganancias y en el Monotributo– “queda claro que el Gobierno está dispuesto a estresar el balance fiscal de cara a las elecciones de octubre, probablemente a costa de mayor emisión monetaria para cubrir el bache”. De esta forma, estiman que el déficit fiscal primario “ajustado” (neto de los aportes del Banco Central y la Anses) orille el 2,8% del PBI en 2013, en tanto que el déficit financiero sería del orden del 4,4% del PBI. Para Empiria, en 2014 se mantendría esta dinámica. “Como herramienta de disciplinamiento de gobernadores e intendentes, el principal ajuste podría darse a través de la caída de las transferencias de capital y corrientes a provincias en términos reales”. En la misma línea se estima que los subsidios al sector privado aumenten por debajo de la inflación, cada vez más concentrados en la esfera energética y menos en transporte. Aun así, por la rigidez a la baja de los principales componentes del gasto, Empiria sostiene que las cuentas públicas se deteriorarían más en 2014: el déficit fiscal primario podría llegar al 3,4% del PBI y el financiero, al 4,8% del PBI.