FERNANDO PESCADOR/CORRESPONSAL. BRUSELAS - La economía europea, y particularmente la de la Eurozona, no alcanza a mostrar signos convincentes de recuperación. El tercer informe trimestral del ejercicio en curso sobre la situación de los países que han adoptado la moneda única, presentado ayer en Bruselas, evidencia que los signos de recuperación detectados a comienzos de año, y que estaban motivados por un clima económico internacional favorable más que a indicaciones de recuperación interna, se han visto atenuados con la espectacular escalada del precio del petróleo. Y la demanda interna tampoco ha venido a rescatar a la economía europea de su estancamiento en estas nuevas horas de incertidumbre.
Así las cosas, las autoridades comunitarias consideran que la última previsión de crecimiento para este año, que situaba el aumento del Producto Interior Bruto (PIB) en el entorno del 1,7%, puede verse revisada al alza hasta el 2%. Por contra, y aunque por el momento no hay cifras oficiales, todo parece indicar que la aceleración de la actividad esperada para el próximo ejercicio, hasta el 2,3%, también puede ser rebajada hasta un porcentaje cercano al 2%.
Los culpables
El informe de la Comisión Europea utiliza términos suaves a la hora de atribuir responsabilidades por la situación creada, a fin de no herir susceptibilidades, que están exacerbadas estos últimos tiempos. Su sentido, sin embargo, es claro para quienes quieran leer entre líneas: los gobiernos europeos que más déficit público acumulan -Francia, Alemania, Italia y Holanda ahora- son una rémora para el desarrollo económico europeo.
Algunos ejecutivos de la Eurozona -Francia y Alemania, principalmente- no han querido ahorrar en los momentos de bonanza económica para no incomodar a sus bases electorales, y cuando han llegado las horas bajas no han sido capaces de recortar suficientemente el gasto para cuadrar sus cuentas.
El precio de esas decisiones políticas internas lo está pagando, con menguas de crecimiento, el conjunto de los países de la zona euro. Los consumidores europeos no se creen que hayamos retornado a los momentos de 'vacas gordas', y no invierten; luego no compran; luego la máquina produce lo suficiente, no requiere empleo adicional y vende poco, salvo al exterior, y ello con un euro muy caro. Las perspectivas siguen sin ser halagüeñas. Salvo signos modestos de revitalización en la construcción, la inversión permanece débil.
Todo ello, para más paradojas, en un entorno económico saneado, en el que las empresas han aligerado balances con el crédito barato y mejoran sus resultados, la estabilidad inflacionaria y la comodidad representada por la divisa única, en un entorno económico razonablemente integrado.