Por Julián Guarino - La esperanza es un buen desayuno pero una mala cena. Lo dice la tradición, pero lo augura, a cada minuto, la realidad. Más allá de las pulseadas ideológicas o de la extraña intención de algunos de obligar al Gobierno a publicitar su mea culpa por el reciente ‘giro’ al mercado que incluye medidas más conservadoras en materia monetaria y cambiaria, lo concreto es que la urgencia aún no pasó, ya que existen soluciones temporarias que debieran permitir la búsqueda de condiciones duraderas. El aumento de las tasas de interés y la decisión del Banco Central de obligar a las entidades financieras a vender una parte de sus activos dolarizados pudieron achicar la demanda e incrementar la oferta de dólares, regalando cierta estabilidad a la cotización. Ello, sumado a la venta de unos u$s 2.000 millones por parte de las firmas agroexportadoras, terminó de edificar el ‘puente‘ que le permitirá al Gobierno llegar a mediados de abril si volver a tocar el tipo de cambio. Sin embargo la verdadera batalla no tiene lugar en las pantanosas tierras del feudo de Benjamin Franklin. La máquina que imprime pesos tiene mucho trabajo. Y la inflación tiene algo para decir. Porque para comprar los dólares del agro, el Banco Central deberá emitir pesos.
Habitualmente solemos definir la inflación como el aumento generalizado y sostenido de precios, lo que implica que los todos los precios de la economía suben y que lo hacen en forma continua. Sin embargo esta definición comete el pecado de focalizarse sólo en la consecuencia y no en las causas. Porque inflación, bajo una lectura de raíz monetaria y excluyendo las especulaciones empresarias y el alza de los precios por exceso de demanda, también podría definirse como la emisión de dinero en cantidades que superan a las que demanda el mercado (quienes atesoran y quienes producen). Así, los pesos que sobran –y que no utiliza la economía– sencillamente van a engordar la cuenta de los precios.
Con exceso de inflación, la economía bimonetaria gana lugar. De las 3 funciones básicas del dinero, la inflación va destruyendo una por una. Primero, la de reserva de valor, ya que nadie ahorra pesos si pierde poder adquisitivo. Segunda, la de unidad de cuenta, porque si hay una fuerte suba de los precios, todos buscarán una moneda más estable para saber cuánto vale un bien o un servicio. Y tercero, el medio de intercambio, porque las transacciones básicas pierden sentido al hacerla en una moneda cuyo precio (en relación al poder adquisitivo) se diluye.
Al subir las tasas de interés, el Banco Central busca que los pesos que “sobran” no vayan en busca de consumo (inflación por aumento de la demanda) ni al mercado del dólar blue, que al subir de precio se distancia del dólar oficial desalentando la utilización de pesos y la liquidación de la cosecha. En cambio, acepta pagar un precio cada vez más elevado para que esos pesos no vuelvan a circular.
Si el banco le paga a usted 24% de tasa anual por un plazo fijo a un año, el Banco Central le paga a los bancos 29% por los pesos que la entidad coloca en Letras del BCRA. Si el banco le paga 29% –porque la inflación y devaluación crecieron–, el banco Central deberá pagarle al banco 34%. Así, el verdadero costo por la ‘caza’ de los pesos lo paga el Gobierno (nosotros), y lo financia el propio Banco Central (nosotros, los que utilizamos pesos) emitiendo más pesos para pagar esas tasas. Por ende, para evitar la inflación de corto plazo, se alimenta la de mediano plazo, empujando al dólar blue y licuando una parte de la rentabilidad que pueda obtener con la devaluación. Atención.

