Mientras los mercados viven una fiesta financiera, la baja de la actividad económica está sacando a la luz los altos costos que aún derraman la devaluación del peso y la fuerte suba de la tasa de interés que se dispararon en enero.
En la grieta económica coexisten banqueros de fondos de inversión del exterior que vienen a buscar oportunidades en bonos argentinos –ofrecen una rentabilidad altísima a nivel mundial y a corto plazo (Boden 2015, 8,75% en dólares)– y las suspensiones en continuado de obreros en la industria automotriz ante el 35% de caída en las ventas de autos.
También la depresión del consumo en un año en que los salarios corren claramente desde atrás a la inflación y no existe analista ni funcionario que crea que la pueda alcanzar.
La fiesta financiera (hay bonos que acumulan 26% de suba en dólares en el año) tiene, en parte, su correlato en la idea de que el Gobierno, de la mano de los dólares de la soja, logró bajar las expectativas de devaluación.
Ya van más de 100 días de dólar oficial a 8 pesos y las reservas del Banco Central aumentaron el mes pasado en US$ 1.213 millones, la mayor recuperación desde julio de 2010.
Esa recuperación de las reservas a partir de los dólares de la soja (30% del total de las exportaciones) define una nueva grieta entre economistas y funcionarios: de un lado están los que creen que con la soja, el Gobierno no precisará más dólares para cubrir las necesidades del año sin tener que devaluar con fuerza nuevamente. Del otro, lo que opinan que después de agosto o bien el Gobierno sale y consigue dólares afuera o bien tendrá que devaluar y volver a subir las tasas con el consiguiente efecto recesivo.
Para Miguel Bein, la “primavera financiera que se está viviendo este otoño” podría prolongarse si el Gobierno profundiza el camino del crédito tratando de arreglar con el Club de París y abriendo la posibilidad de que consiga dólares hacia febrero del año próximo, cuando la escasez de divisas se puede hacer sentir con fuerza. Según Bein el dólar oficial terminaría el año en $ 9,1 con una suba de 13,7% en lo que resta hasta fin de año A modo de rivalidad, Dante Sica sostuvo en un informe que por la acumulación de pagos, especialmente los abultados para importar energía, “dificilmente los dólares de la soja sean suficientes para salvar el año”.
Sobre ese punto se abre lo que podría considerarse la grieta principal en materia económica para los próximos meses, en los que el ministro Axel Kicillof y el presidente del Banco Central, Juan Carlos Fábrega, jugarán su partido El Gobierno se asustó en enero cuando las reservas del Central no frenaban su caída y por eso no tuvo otra alternativa que devaluar el peso.
El golpe inflacionario de aquella devaluación y la consiguiente caída del poder de compra de los salarios se está haciendo sentir con intensidad y por eso, ahora el Gobierno “ancló” el dólar en el intento de serenar la suba de los precios.
Hoy el objetivo prioritario se encamina a intentar bajar una inflación que arrancó el año proyectándose sobre 40% y ahora lo haría en torno de 35%.
Kicillof logró que Fábrega baje un punto la tasa de las letras del Banco Central (ahora pagan 27% anual) para no quedar sólo como el ministro del ajuste y para poder mostrarle a la Presidenta un horizonte largo menos recesivo para la segunda parte del año.
Además, después de la baja de un punto, el Central siguió comprando dólares con intensidad y los bancos siguieron interesados en comprar letras que tienen un rendimiento jugoso.
En cualquier país normal, colocar pesos al 27% resultaría una pérdida segura frente a una inflación que se proyecta, como piso, alrededor del 35% anual.
Pero en la Argentina de los últimos años, con una economía bimonetaria en la que se transa en pesos pero se ahorra en dólares, el cálculo del rendimiento de las tasas en pesos se hace contra la quietud del dólar.
Con el dólar en $8 por más de tres meses, los precios se estarían aquietando un poco (¿2% de suba en abril?
) pero aún así, la caída de los salarios reales resultaría inevitable.
Si Kicillof insistiese en bajar más rápido las tasas de interés, seguramente Fábrega le diría que hay que acelerar la suba del dólar para sacarlo de la placidez de los $ 8 y desalentar la salida de divisas.
Para contrarrestar eso, Kicillof tiene una respuesta: subir el dólar encabritaría los precios y el Gobierno no está en condiciones de encarar un nuevo salto cambiario.
¿Hasta qué punto se abrirá la grieta?
A esta altura resulta claro que en materia económica, la Presidenta tiene dos puntos claros. Uno de ellos es evitar otra devaluación y si la tiene que hacer, que sea lo más moderada posible. El otro, es que la caída del consumo y la actividad económica empiezan a poner en riesgo el nivel de empleo.
¿Pensará la Presidenta en otro escenario de atraso del dólar para intentar una mejora del consumo en la primera parte del año que viene?
Pero no queda claro cómo aspirar a un dólar atrasado sin poner las tasas de interés aún más por los nubes.
En las cercanías del Gobierno aseguran que el único vencimiento de deuda fuerte que tienen es unos días antes de las elecciones –son US$ 5.500 millones– y que para eso la Presidenta intentará un canje de bonos.
Lo que resulta difícil de esperar es que Cristina Kirchner tenga la voluntad de dejarle un dólar alto al gobierno que viene, sea quien fuere el ganador.
¿De dónde saldrán los dólares para que el Gobierno vuelva a gozar de las mieles de poder retrasar otra vez el precio del dólar frente a una inflación tan alta cómo la de la Argentina?
Por ahora, sin respuesta.