Por José Hidalgo Pallares - En 2003, en los albores de la "década ganada", la Argentina registró un superávit comercial de 15.700 millones de dólares, una tercera parte de los cuales fue aportada por el sector energético. Sí, en 2003, según el Indec, la diferencia entre exportaciones e importaciones de energía arrojó un resultado positivo de casi 5000 millones de dólares. El año pasado la situación fue totalmente distinta: el país registró un déficit energético de US$ 6000 millones y el superávit comercial total (que el Indec ya corrigió una vez a la baja y que los analistas sospechan que sigue estando "inflado") descendió a US$ 8000 millones. El creciente déficit energético -que en el Gobierno dicen que es una consecuencia del crecimiento económico de los últimos diez años (crecimiento que también acaba de ser corregido a la baja) y que para los ex secretarios de Energía es resultado de la política aplicada por el kirchnerismo en el sector- constituye una carga cada vez más pesada para la economía por dos razones vinculadas entre sí. Por un lado, las mayores importaciones de energía (sólo en el primer trimestre de este año esas compras fueron cuatro veces mayores que en todo 2003) implican una de las principales vías de salida de dólares para una economía que tiene en el saldo comercial su principal, por no decir única, fuente de divisas. Por otro lado, en un contexto en que el Gobierno ha restringido las compras al exterior para enfrentar la escasez de divisas, muchos de los dólares que el país ha destinado en los últimos años a importar energía podrían haber sido utilizados en la compra de bienes e insumos para la industria. Un estudio de la consultora DNI muestra que desde 2010 los bienes de capital (maquinaria) y los bienes intermedios (insumos) perdieron participación en las importaciones totales, mientras que el peso de los combustibles y lubricantes aumentó. |