Como la Argentina tenía que realizar un pago de sus bonos reestructurados y, finalmente, ese pago no se concretó, entonces es probable que el país entre en default técnico. Una vez que lo haga, es decir, una vez que pague, es probable que el país salga de esa calificación. No es algo comparable con la situación del 2001. Tampoco es demasiado grave si se lo considera un mal necesario para arribar a una situación que libere finalmente al país de la imposibilidad de financiarse en el exterior.
Sinceramente, uno podría detenerse a analizar las implicancias inmediatas, pero sería adelantarse a un escenario que hoy no parece tan probable: el de entrar en un verdadero default de deuda una vez que termine julio. Hay que recordar que ahora Argentina y los holdouts tienen un paraguas para poder negociar que es la orden del Juez y el rechazo del dinero depositado en la sucursal del Bank of New York. Si bien no es el foco del artículo, permítaseme quedarme en este punto un segundo más: la Argentina podría llevar la negociación hasta sus últimas consecuencias. Podría, pensando siempre en que existe una cláusula RUFO -que impide hacer ofertas voluntarias mejores a los holdouts entes del 31 de diciembre próximo y que implican potenciales contingencias legales con el 92% de los tenedores de bonos reestructurados- que es hoy la verdadera preocupación del Gobierno, jugar con el default y presionar a los holdouts hasta el último día con el objeto de cerrar un acuerdo que permita no sólo tener presente el pago a estos bonistas y aquellos que están en esta situación (una deuda que en total ronda los u$s 24.000 millones), sino también quedar a salvo de la RUFO. Para ello, necesita el aval de los holdouts quienes, si la Argentina entra en verdadero default a partir de agosto, tampoco van a cobrar un centavo.
El punto central es éste. En el mejor de los casos, en un escenario que incorpore decisiones óptimas, los próximos meses no son necesariamente lo que el Gobierno había construido en ese mapa de expectativas post-devaluación de enero. Porque hay que señalar que una vez realizada la devaluación del 20% de la moneda en enero, hubo un plan que puso en marcha el Palacio de Hacienda y el Banco Central, que todavía está en ejecución, y que, en cada medida, pareciera que tiene incorporada una promesa: si accedemos al mercado financiero internacional y el país puede recibir inversiones, créditos blandos e incluso emitir deuda, entonces todo esto no será más que un mal recuerdo en apenas unos meses.
Ese plan tuvo, entre otros componentes, el lanzamiento del dólar ahorro, la suba de las tasas de interés a niveles del 30%, la acumulación de deuda por parte del Banco Central, el ajuste de los salarios en términos reales, los planes de motos y autos para todos, la emisión de deuda de YPF, el acuerdo y la posterior emisión de deuda con Repsol con la estatización de YPF, los pagos en el CIADI y el Acuerdo con el Club de París.
La pelea -y la potencial salida- con los holdouts es parte de lo mismo: de un plan para que, sin sufrir embargos, y mediante la financiación en los mercados del exterior, el país pueda sumar reservas al BCRA y así no realizar un ajuste dramático.
Porque el epicentro del problema no es la pulseada con los holdouts. La legítima quintaesencia del desequilibrio de la economía local se encuentra ya a varios años de distancia, una vez extraviados los superávits gemelos que, en teoría, eran parte de un modelo económico que se olvidó de ellos con demasiada rapidez.
Sin acceso al mercado financiero internacional, la economía se las arregló bien durante un tiempo importante: no había que pagar deuda, y las importaciones resultaban demasiado caras para que generaran una fuerte demanda de dólares. Pero después vino el canje de deuda, vencimientos que había que empezar a pagar en moneda dura, un atraso del tipo de cambio alimentado por una suba de la inflación y, lo más importante, un déficit fiscal (mayor gasto que ingreso) que no pudo ser compensado con la mayor recaudación impositiva. Además de aumentar la presión tributaria, el reflejo fue ajustar primero la falta de dólares por cantidad (cepo) y después por precio (devaluación).
Al tener un mayor egreso, la diferencia entre lo que se gastaba y lo que ingresaba se financiaba con las reservas del Banco Central, que debía emitir pesos para girárselos al Tesoro.
Como no se pudo acceder al mercado financiero, se siguieron utilizando los dólares de las reservas y los niveles cada vez más bajos reforzaron las medidas de restricción al mercado de cambios que no sólo demoraron la fuga de divisas, sino también frenaron su ingreso vía inversión.
¿Cuál es el escenario que viene? En el mejor de los casos, el Gobierno buscará seguir financiándose vía recaudación impositiva e inflación. Esto mantendrá alerta a aquellos que mantienen dólares en su poder (blue) quienes buscarán un precio acorde al escenario que les toque transitar. Las tasas seguirán altas.

