Por Silvia Stang - Los efectos que tiene la caída de la actividad económica sobre el empleo son más graves cuanta más vulnerabilidad existe en el mercado laboral. Por eso, los datos oficiales conocidos ayer apenas dicen algo de la realidad social de la Argentina: subió el desempleo como consecuencia de una destrucción de puestos de trabajo, y aun cuando cayó la tasa de actividad respecto de los últimos trimestres. Esto último significa que, principalmente por el desaliento que produce la actual situación, se redujo el porcentaje de la población total que trabaja o que busca trabajo, lo cual suaviza el índice de desocupación, definido como un porcentaje de ese universo de personas que son laboralmente activas. La creación de empleo en el sector privado de la economía desaceleró su ritmo hace ya unos años, hasta quedar finalmente estancada. En los últimos meses la situación se agravó. La reducción de horas trabajadas, las suspensiones, la falta de reemplazo al personal que se retira en forma voluntaria o se jubila, los planes de retiros voluntarios y de prejubilación y los despidos son situaciones cada vez más frecuentes en compañías de diversos sectores afectados por una caída del consumo. En mayo de este año, la encuesta que realiza en más de un centenar de empresas SEL Consultores mostró una reversión de la tendencia, y desde entonces son más las empresas que prevén disminuir sus dotaciones en los próximos meses que las que se proponen contratar empleados. Si eso ya ocurre en firmas líderes del mercado -que participan del relevamiento-, más aún se da entre las pymes, según confirman abogados laboralistas y asesores sindicales. Una situación que, por otro lado, se deduce de hechos como el cierre de comercios: según informó LA NACION, sólo en las principales avenidas porteñas hay más de 200 locales sin actividad. La construcción y la industria son los sectores que ya muestran una caída del nivel de empleo desde inicios de este año, según las declaraciones hechas al sistema jubilatorio. Eso se acentuó en los últimos meses: según el informe sectorial del Indec, en las fábricas el número de ocupados cayó un 2% interanual en el segundo trimestre, y según una encuesta del Ministerio de Trabajo, en la construcción la ocupación formal cayó un 4,6% en igual período. La destrucción del empleo en blanco suele traer un incremento de la informalidad, porque quienes se ven expulsados del mercado formal buscan generar ingresos por otro lado. En la Argentina, los índices de quienes están al margen del empleo con plenos derechos son alarmantes: según la Encuesta de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina, si se toma el total de las personas activas, se observa que la desocupación, el empleo asalariado sin registrar y el cuentapropismo informal afectan nada menos que al 56,6%. Este cuadro de situación, que con frecuencia incluye trabajos de elevada precariedad, se agravó cuando se estancó el empleo formal. Este año, a los problemas para la generación de puestos se suma el de los ingresos, que en términos reales sufren una pronunciada caída. La inflación, según las consultoras privadas, es de un nivel cercano al 40% anual, mientras que el promedio de los salarios registrados que informa el Indec da una evolución nominal diez puntos porcentuales por debajo. Desde la política no se desconoce el tema: hoy el desempleo gana lugar entre las preocupaciones de los ciudadanos, porque, igual que la inflación, es un problema que se percibe -aunque más no sea como un riesgo- como algo muy cercano. Por eso la reacción del Gobierno que se conoció en los últimos días, con el anuncio de planes que intentan recuperar puestos caídos, sobre todo en la construcción. Pero, derivado de una recesión con inflación, el problema es amplio y hoy se expande en un triple efecto: cae el nivel de ingresos, así como la cantidad y la calidad del empleo |