Detalles. Fragmentos. Pormenores. Paulatinas modificaciones e inquietantes matices instalados al margen, casi con descuido, pero con raíz artificial, para que resulten imperceptibles aunque su impacto no lo sea. Todo conforma un acertijo vacío de respuestas; por lo menos, de aquellas que llevarían a un terreno de certidumbre a familias y empresas pero que el Gobierno no puede ofrecer.
Si para Borges las líneas de su mano reflejaban –con horror– la imagen
de su propia cara, para Kicillof, las cientos de quirúrgicas
intervenciones normativas que acontecen a diario desde los distintos
atriles montados en ministerios y secretarías, evidencian –con
jactancia– la catadura reconocible de una economía que parece huérfana
de padre y madre pero donde el Estado reclama su papel adoptivo.
Una escueta señal que persiste es la pelea del “soviético” con Juan
Carlos Fábrega, el titular del BCRA. Es más: en Economía aseguraban la
última semana que hay que seguir de cerca lo que “va a pasar” en la
arena de combate que es la política de tasas de interés. El plan del
Gobierno para que los argentinos dejen de ahorrar y se larguen a
consumir en 12 cuotas con tarjeta puede desorientar. No es allí donde
van a ocurrir las pulseadas.
En los pasillos de Economía aseguran que se estudia una nueva imposición
a los bancos: se les pedirá que bajen aún más las tasas de los plazos
fijos para fomentar el consumo. Curioso, si se piensa que de esa forma
la inflación se verá alimentada más allá de los guarismos actuales y que
el demonizado dólar blue podría ser, otra vez, el destinatario de esos
ahorros. Pero a Kicillof lo desvela el amplio spread que existe entre
las tasas que el Banco Central le paga a los bancos por sus bonos (28,5%
anual) y las tasas que las propias entidades les pagan a los inversores
(19% anual). Quiere llevarlo todo hacia abajo. El dato es éste: a
Fábrega se le acaba el tiempo. El incremento de 27,5% a 28,5% de la tasa
de interés ejecutado por el mendocino podría transformarse pronto en
una reliquia.
Es más: en los últimos días, el malhumor de Kicillof con Fábrega quedó
en evidencia al minimizar la negociación que el presidente de la entidad
monetaria intentó cerrar con China para aliviar las arcas del país con
un swap de u$s 11.000 millones: “No tiene nada de espectacular”, dijo
Kicillof.
El titular del Palacio de Hacienda suma poder. En cadena nacional,
Cristina lo llama “Áxel” y ni lerdo ni perezoso él garabatea en los
márgenes del powerpoint los nombres de su equipo para cuando sea el
momento: a la salida del jefe de Gabinete Jorge Capitanich –quien
volvería a su Chaco para emparchar la gestión de su vice Juan Carlos
Bacileff Ivanoff–, si el ‘soviético‘ se transformara en jefe de
Gabinete, un posible reemplazante sería su vice, Emmanuel Alvarez Agis,
quien curiosamente ha comenzado a aparecer en los actos de Casa de
Gobierno . El secretario de Comercio, Augusto Costa, podría ir al Banco
Central en lugar de Fábrega.
De todas formas la mecánica con la que trabaja el Gobierno por estas
horas es otra: se enarbolan, aquí y allá, trabas burocráticas, recargos,
modificaciones de plazos, actualizaciones inentendibles, restricciones
improvisadas, vociferaciones telefónicas y prohibiciones non sanctas
para frenar la salida de dólares, son de la partida.
Hay varios ejemplos. A la tormenta perfecta entre la caída del precio,
la presión impositiva, las inundaciones, el atraso cambiario y la
amenaza de la ley de Abastecimiento para presionar con la venta de las
27 millones de toneladas, el agro responde con llamativas dosis de
inacción. “El productor reacciona como sólo sabe hacerlo: reteniendo su
mercadería”, señala Gustavo Grobocopatel, el zar de la soja. Sólo cuando
mejoren los ingresos potenciales, volverán las ventas.
Por eso el Gobierno sigue avanzando con sus controles sobre el sector:
no sólo le pide información sobre sus granos cosechados, superficies
sembradas y volumen; también exige a productores que informen las
existencias sin vender, su ubicación y en caso de estar guardada en
bolsones, en el campo del productor, la posición georreferencial de los
mismos. A ello ahora se ha sumado el número de factura de la silobolsa
adquirida, siendo estos requisitos indispensables.
¿Hasta dónde seguirá avanzando el Gobierno? Hace unas horas tanto la
AFIP como el Banco Central notificaron a los operadores de comercio
exterior que se deberá declarar obligatoriamente en las DJAI los datos
referidos a flete y seguro y que se achica el margen de ‘perdón’ en los
cálculos. En el Gobierno señalan que 12.000 millones los dólares se
‘pierden’ por sobrefacturaciones. Es que, durante años, la principal
preocupación de los funcionarios del fisco a la hora de controlar
importaciones fueron las maniobras de subfacturación: al subvaluar un
bien que se quiere importar, el empresario paga menos en concepto de
arancel externo y evade una parte de la carga de otros tributos, como
IVA e Ingresos Brutos. Ahora en cambio el sistema es el opuesto:
motivados por la brecha cambiaria, se ven ‘tentados‘ de traer productos
de afuera pero declarando precios más elevados ya que buscan obtener más
dólares al tipo de cambio oficial.

