Pese a que se consideraba al 3% como la línea del “no pasarán”, la macroeconomía 2004 demostró que el kirchnerismo estaba equivocado. El desempeño macroeconómico de la Argentina en 2004 desmiente rotundamente una de los credos más y más fuertemente repetido por los voceros del kirchnerismo, incluido el propio presidente: que un superávit fiscal mayor a 3% "ahogaría" la recuperación. De hecho, el año –según proyecta el consultor Miguel Angel Broda– cerrará con un superávit primario de 4,1% del PIB para el sector público nacional, y de 1,6% del PIB en el caso de las provincias. La suma es un impresionante 5,7%, que supera los guarismos de Turquía (caso modelo que suele citar el FMI), y está entre los más altos del mundo.
¿Por qué el superávit (que significa que el sector público extrae del resto de la economía más recursos de los que vuelca a él) fue expansivo, en vez de contractivo? Una primera aclaración, incluida en un reciente informe del Ieral, centro de investigaciones de la Fundación Mediterránea, es que el superávit puede contribuir tanto positiva como negativamente al crecimiento, pero éste siempre favorece el resultado fiscal. En 2004, éste último fue el efecto dominante, con el agregado de que el superávit se volvió un pilar de la política oficial. Esto parece haber sido reconocido por el kirchnerismo, que ya no habla del superávit como una variable maligna a limitar, sino como una medida de virtud.
El Ieral identifica diferentes causas para un crecimiento que cerrará el año en torno de 8%:
Externas: Por un un lado, la mayoría de las economías del mundo, y en especial la de nuestros socios comerciales, crecieron fuertemente, y a tasas superiores a las de 2003. Por el otro, hubo un pronunciado debilitamiento internacional del dólar, que debido a la política de mantener el tipo de cambio bilateral en torno de los tres pesos por dólar, hizo que en los primeros nueve meses del año el peso se depreciara 11% respecto de la moneda chilena, 7% respecto del real brasileño, 6% (y yendo por mucho más) respecto del euro y 3% respecto de las monedas asiáticas. Esto, dice el informe, compensó la parcial baja en el precio de los commodities, que no obstante siguieron en un alto nivel histórico. Por último, siempre de afuera, jugó a favor la caída sostenida de las tasas de interés internacionales, que permitieron captar mayores flujos financieros, desalentaron la salida de capitales y, en la suma, empujaron el consumo y la inversión.
Internas: Continuó en aumento el uso de la capacidad instalada, y la consecuente reducción de la brecha entre producto real y potencial (output gap) estimuló la inversión, que en términos brutos aumentó un notable 35%. En tanto, el consumo subió 9%, a favor del crecimiento del empleo y de los salarios nominales y reales.
En este contexto macro, el superávit fiscal fue ciertamente virtuoso, porque permitió al Banco Central mantener el tipo de cambio alto y las tasas de interés bajas, favoreciendo la inversión en transables y estirando al límite la capacidad de autofinanciamiento de los agentes económicos. Sucede, concluye el informe, que a diferencia de los ’90, en 2004 el sector público, en vez de ser una aspiradora de fondos (a través del endeudamiento) se transformó en el principal proveedor de liquidez del sistema financiero. |