Esta semana se cumple un año de la devaluación del peso dispuesta por el gobierno de Cristina Kirchner
que, en rigor, no sirvió para nada. El tipo de cambio real no mejoró
sino que el péndulo volvió a los niveles de fines de 2013, ante la
disparada de costos, precios y subsidios provocada en los primeros meses
del año pasado por el abrupto salto de 23% del dólar oficial en enero. Y
las exportaciones, lejos de repuntar, tuvieron una caída de 11% con lo
cual el superávit comercial de 2014 (cercano a 7000 millones de dólares)
resulta el más bajo de la era K. Según el Estudio Broda, el tipo
de cambio bilateral frente al dólar acumuló hasta diciembre una baja de
20% en términos reales (descontada la inflación verdadera, no el 23,9%
Indec), con lo cual equivale al de junio de 2012, que se ubicaba en el
mismo rango de hace trece años cuando estalló la convertibilidad. A su
vez, el tipo de cambio real multilateral (frente a una canasta de
monedas que también incluye al euro y al real brasileño), si bien era
hace un año 79% más alto que en diciembre de 2001, cerró 2014 con un
retroceso de 25%. Nada que ver con el "nivel de convergencia" exaltado
por Axel Kicillof cuando anunció el ajuste que de un día para otro llevó
al dólar oficial de 6,90 a 8 pesos para frenar la acelerada caída de
reservas, que sólo se estabilizó con la posterior suba de las tasas de
interés y la fuerte contracción monetaria que agudizaron entonces la
incipiente recesión. Aunque el ministro nunca se hizo cargo de la
paternidad de esas medidas (que atribuyó al desplazado ex titular del
Banco Central Juan Carlos Fábrega y a consabidas teorías conspirativas),
sí pudo constatar que una devaluación aislada trae más problemas que
soluciones si no forma parte de un plan económico que encarrile
expectativas. Máxime cuando el gasto público creció nada menos que 44%
en 2014 y el déficit fiscal se financia mayormente con emisión. A
tal punto que ahora su estrategia es exactamente la opuesta: devaluar lo
menos posible (por debajo de la suba de precios) y extremar los
controles cambiarios, para "estirar" las reservas hasta las elecciones y
evitar presiones sobre el dólar y la inflación que debiliten aún más el
consumo interno. Todo esto no impide, sin embargo, que la brecha con el
dólar paralelo se mantenga cerca de 60%. Para peor, hay poco
viento a favor desde el cuadrante externo. La apreciación del dólar en
el mundo y la caída de precios agrícolas afectan las exportaciones
argentinas, al igual que la devaluación del real brasileño y otras
monedas de la región. En su último informe mensual, el Estudio Bein
descarta una "guerra de monedas" y sostiene, en cambio, que se trata de
una estrategia defensiva de los países emergentes para ajustar las
importaciones y evitar un mayor deterioro externo, que pueden atenuar
además con el acceso al crédito internacional a tasas todavía bajas. No
es, precisamente, el caso de la Argentina en default parcial. En
realidad, mientras se iba diluyendo la transitoria mejora cambiaria real
de enero, el gobierno de CFK optó por refinar y negociar el
racionamiento de importaciones a través de los permisos previos (DJAI)
que Guillermo Moreno venía aplicando discrecionalmente tras el cepo
cambiario, mientras el BCRA fue demorando pagos al exterior de las
industrias más dependientes de insumos importados (automotriz y
electrónica fueguina) y, por ende, de divisas. O sea, aquellos sectores
cuya demanda interna había sido impulsada fuertemente hasta 2011 por las
políticas oficiales. Las excepciones fueron las compras externas de gas
y combustibles y últimamente de los nuevos trenes chinos, para evitar
colapsos. Con estas restricciones y la menor demanda interna por
caída del salario real, no sólo contrajo la producción. También la
escasez de productos, insumos y repuestos hizo que quienes pudieron
importarlos -por derecha o izquierda (hay empresas que ofrecen por mail
entregas puerta a puerta desde Miami)- subieran discrecionalmente los
precios internos según la urgencia de sus clientes. Otro tanto ocurre
con el techo de precios para los sustitutos locales, que suelen igualar o
superar a similares importados. Las fallas en esta política de
"comercio exterior administrado" dieron lugar al inédito
desabastecimiento de tampones, que afectó a unos 10 millones de
consumidoras y se transformó en una cuestión de Estado. No tanto porque
el secretario de Comercio, Augusto Costa, lo atribuyó insólitamente a
"una corrida provocada por operaciones mediáticas", sino porque los dos
principales directivos de la Cámara de Importadores (CIRA) fueron
convocados por el jefe de Gabinete, ante quien relativizaron trabas en
esas compras desde Brasil y avalaron una desmentida del presidente del
BCRA, Alejandro Vanoli, sobre atrasos en los pagos totales de
importaciones por más de 5000 millones de dólares. Esta situación derivó
en la renuncia del gerente de RR.II. de la CIRA, Miguel Ponce, el
dirigente de alto perfil que había formulado ambas denuncias y las
ratificó después de alejarse de la entidad, a la que el Gobierno
prometió ahora mayor participación y flexibilidad en la tramitación de
DJAI. A pesar de la desmentida de Vanoli, fuentes empresarias
admiten en privado que sólo en dos sectores se aproxima a los 4000
millones de dólares la deuda comercial acumulada por el freno del BCRA a
los pagos de importaciones concretadas en 2014: unos 3000 millones en
la cadena automotriz y unos 900 millones en la industria electrónica
fueguina. Esta suerte de refinanciación compulsiva, a su vez, frena el
envío de insumos y piezas por parte de proveedores externos. Una
prueba implícita de esos atrasos es que el Gobierno acaba de subir de
180 a 235 millones el cupo mensual de pagos para insumos de los equipos
que se ensamblan en Tierra del Fuego, después de que en diciembre lo
elevara de 150 a 180 millones. La situación previa provocó que en el
mercado comenzaran a escasear principalmente smartphones de última
tecnología. Aun así, las fábricas del sector creen que sólo
marginalmente podrían reducir la deuda con sus proveedores en 2015. Tanto
o más complejo es el caso de la industria automotriz. El economista
Dante Sica, director de la consultora Abeceb, sostiene que la
devaluación del real en Brasil junto con el deterioro cambiario en la
Argentina tornan menos competitivas las exportaciones al alicaído
mercado del país vecino, que absorbe 85% de las ventas externas. Y que
los atrasos en los pagos de componentes y modelos brasileños afectan la
oferta de unidades en el mercado interno. Por lo pronto, el plan
Procreauto II finalizó hace una semana (si bien hay plazo hasta marzo
para cerrar operaciones con créditos otorgados) y aún no hay indicios de
una renovación. Sica supone que podría ser relanzado en marzo o abril
con menos modelos o bien con suministros asegurados para los ya
incluidos. A estos trastornos se suma la ratificación de la
condena de la Organización Mundial de Comercio (OMC) a la Argentina por
las trabas aleatorias a las importaciones vía DJAI, que podría conducir a
represalias de Europa, EE.UU.y Japón. Otro problema que, al igual que
el deterioro cambiario, también se agregará a las hipotecas que recibirá
el próximo gobierno a fin de año. |