Tras la muerte del fiscal Nisman, la economía argentina asoma con mayores condicionamientos que nunca. La elevada inflación, la falta de dólares, el empequeñecimiento del comercio exterior, las quejas del campo, la falta de acuerdo con los holdouts, el escaso financiamiento interno y externo, el crecimiento de los subsidios, el cerco a las importaciones, la caída del consumo, la caída del euro (y el fortalecimiento del dólar) y, sobre todo, el urgente déficit fiscal parecen poner mayor presión entre quienes deben tomar decisiones para no alimentar las tensiones que habitan el microcosmos político-económico. Si bien estas tensiones estaban ahí mucho antes que tuviera lugar el lamentable desenlace del fiscal Nisman, el desgaste en la opinión pública y lo acusiante del entorno, no harán más que insuflarle algo de intensidad a la problemática socio-económica existente, lo que puede traducirse en una mayor demanda de soluciones para hacerle frente al endurecimiento de las condiciones de vida.
De las últimas mediciones se desprende que el escenario y las
repercusiones del caso del fiscal Nisman que conmueve a la opinión
pública podrían quitarle adhesión electoral al Gobierno,
independientemente de las derivaciones que pueda aportar la
investigación. A la vez, una de las lecturas posibles es que una parte
del electorado se vuelva más intransigente con sus exigencias, y en
lugar de buscar una plataforma electoral que ofrezca continuidad con
cambio, termine optando por un cambio más drástico.
Sin embargo el dato es que para contrarrestar esas fuerzas que podrían
desgastar al kirchnerismo aún más, es muy probable que el Gobierno no
busque solventar las falencias arriba expuestas de una forma ortodoxa;
más bien, y para no perder el núcleo duro de apoyo electoral, es casi
seguro que la Casa Rosada se vea tentada a un mayor despliegue de los
recursos que pueda acercarle la emisión monetaria con una eventual
emisión de deuda para compensar las reservas del Banco Central, lo que
pondría mayor presión en los precios y obligaría al próximo Gobierno a
tener listo un paquete de medidas para generar tamañas distorsiones en
el poder adquisitivo del dinero. Por ende, son el Palacio de Hacienda y
el Banco Central dos de los arietes claves que deberán buscar recetas
para fomentar el consumo, ¿bajar? las expectativas de inflación y
atravesar los meses que quedan hasta el recambio electoral.
Por supuesto, un capítulo aparte serán las negociaciones paritarias que
comenzarán a fines de febrero, donde el 50% de incremento que plantean
algunos sectores del frente gremial parece muy lejano del 20% al que
aspira Kicillof.
En cuanto a la escarpada geografía del mercado del dólar, los últimos
monitoreos muestran que el aporte de Alejandro Vanoli al frente del BCRA
y Diego Bossio en la Anses han neutralizado cualquier proyecto de suba.
Para el BCRA, la fórmula parece seguir emitiendo en función de las
necesidades del Tesoro y absorbiendo una parte de esa emisión vía bonos.
Por ejemplo, en la última semana, el Central se quedó con más de $
24.000 millones de esa manera. También la Anses controló las
cotizaciones de los bonos para que el dólar implícito se mantenga
obediente. Por ende, el blue también se sostuvo en los niveles previos.

