Se ha renovado el acuerdo de precios cuidados por cuarta vez luego de que entrara en vigencia a comienzos del año pasado. Desde su implementación, precios cuidados tuvo un incremento promedio del 16,5%, monto que está por debajo del promedio de la inflación oficial (23,9% durante el 2014).
No obstante, el precio más celosamente cuidado por el gobierno es el que
corresponde al valor del dólar oficial y del dólar paralelo. El día 23
de enero se cumplió un año desde la suba de 6,8 pesos por dólar a 8
pesos y desde ese día cuidarlo se convirtió en una obsesión.
De hecho, 12 meses después de ese día, el dólar oficial está a 8,60
pesos es decir un incremento de tan solo un 7%. Subió menos de la mitad
que el resto de los precios cuidados. Es que en realidad los precios
cuidados no son el principal instrumento del gobierno para que la
inflación no sea aún más elevada. El principal instrumento como siempre
es dejar el dólar fijo.
De este modo se logra que los precios de los bienes exportados e
importados no varíen y funcionen como un ancla que limite la suba más
fuerte de todos los precios.
Es un clásico argentino ya usado por Martínez de Hoz en los 70 y por la
dupla Menem-Cavallo. Fijar el precio del dólar para que la inflación no
suba aún más, mientras que la política fiscal y la monetaria son laxas e
incompatibles con un dólar fijo. Está claro que en un año electoral el
gobierno no hará ningún esfuerzo en mejorar la situación fiscal. Más
gasto público será necesario y la recaudación subirá gracias a la
inflación, pero no por encima, debido a la recesión en la actividad
económica.
En economía existe una frase que sintetiza este punto. "No existe tal
cosa como un almuerzo gratis". Es decir, si te invitan a almorzar,
siempre es a cambio de algo. O porque quieren hacer un negocio, o porque
te quieren levantar, o porque no quieren estar solos. Lo que sea. Todo
siempre implica un costo.
Mantener el dólar fijo no es gratis. Se paga con mayor recesión, aunque
por ahora no generalizada, sino que sucede principalmente en las
economías regionales que viven en gran medida de la exportación.
El dólar atrasado va cercenando las exportaciones, que en el 2014
cayeron un 12% en relación al 2013 y que en el 2015 lo seguirán
haciendo.
Esta situación comienza a manifestarse socialmente, por ejemplo, en el
tractorazo realizado en Mendoza por la crisis vitivinícola, o en los
reclamos con cortes de ruta en Rio Negro por los problemas con la
exportación de peras y manzanas. Se suman a los reclamos productores de
leche, exportadores de automóviles y autopartes, y miembros de la
pequeña y mediana industria exportadora en general. La conflictividad
social en el interior es la contracara del dólar barato urbano.
Sin embargo existen quienes disfrutan el dólar barato y son aquellos que
tienen ingresos en pesos, los cuales no dependen de la exportación.
Este es el caso de los servicios que son en su gran mayoría para consumo
interno (hay excepciones como las firmas de software y consultoría).
Los ingresos en pesos de los servicios y productos no transables, es
decir aquellos que no tienen competencia con el exterior, mientras más
barato el dólar mejor están. Es por esto que el discurso antidevaluación
está muy arraigado en las grandes urbes como Buenos Aires. No porque
cuiden la producción ni a los trabajadores, sino porque así sus ingresos
en dólares son artificialmente elevados.
De este modo queda claro que el precio mejor cuidado seguirá siendo el
del dólar. Porque el gobierno privilegia el disfrute de cierta parte de
la población urbana a costa de la producción de las economías
regionales.
Ahora bien, para sostener este modelo (tantas veces probado y fracasado)
es necesario conseguir dólares y, como se castiga a los exportadores,
entonces solo queda el camino financiero. Para esto hay dos maneras:
La primera, pedir prestado e incrementar la deuda (es lo que representa el swap con China o el adelanto de divisas de las cerealeras).
La segunda, dejar de pagar deudas (es no pagarles a los que entraron al
canje y no pagar las importaciones). De esa manera se tiene dólares hoy
para mostrar reservas pero dejando la deuda para mañana.
El gobierno utiliza ambas. Ambas no sostenibles en el mediano plazo. Pero si quizás hasta fin de año.
El otro desafío es lograr que la recesión que se agrava no provoque disturbios sociales. Siempre el tipo de cambio fijo y atrasado se termina cuando la conflictividad social crece en Argentina.
Para comprar tiempo hay dos caminos posibles. El primero es aumentar los
subsidios en pesos, lo cual implica mayor gasto público hoy, a cambio
de mayor inflación mañana. El segundo, implementar restricciones de todo
tipo para proteger artificialmente cierta industria nacional (DJAI
mediante), a pesar de que nos deje fuera de la Organización Mundial de
Comercio. Ambas son también no sostenibles en el tiempo, pero si quizás
en el electoral 2015.
El gobierno elegirá más subsidios y más restricciones.
Se trata de reducir y postergar (o invisibilizar) la conflictividad social creciente que tiene el interior y que no llegue a las grandes urbes donde la visibilidad es superior.
Durante la historia de la Argentina se ha cuidado mucho el precio del dólar. Es casi una obsesión de la política económica nacional. Aunque todos sabemos que mientras se cuide solo el dólar y no se cuiden el resto de las variables macroeconómicas, solo se está postergando un creciente problema cuya corrección siempre es abrupta y de alto costo.
Paradójicamente, un gobierno que discursivamente denosta al dólar, termina sumandato centrando todos sus esfuerzos en cuidarlo.

