Por eso, y por algunos otras postales del desencuentro, el gobierno de Dilma Rouseff prefiere concentrarse en los candidatos presidenciales. A Brasil le interesa mucho más lo que piensan Daniel Scioli, Sergio Massa, Mauricio Macri, Julio Cobos o Hermes Binner del vínculo futuro con la Argentina que estos desaires de una Presidenta que ha renunciado a dejar el gobierno con algún mendrugo de prestigio personal.
Al anochecer, la coqueta residencia del embajador de Brasil (Everton Vieira Vargas) rebosaba de invitados de los dos países para agasajar al mismo canciller Vieira que Cristina había gambeteado poco antes en la Casa Rosada. José Pepe Scioli le llevó el saludo del Gobernador y Martín Redrado el de Massa. Diego Guelar y Federico Pinedo representaron a Macri y Binner, Martín Losteau y Adalberto Rodríguez Giavarini se cruzaron con Eduardo Duhalde, José Bordón y Eduardo Amadeo. En esos diálogos se podía advertir que la relación con Brasil se irá normalizando cuando el próximo gobierno se haga cargo del destino de la Argentina que ahora se ve tan confuso.
El glamour de un cóctel diplomático no alcanzó para disimular el impacto que una frase de la Presidenta produjo en muchos argentinos. "Nosotros nos quedamos con los cantos, que ellos se queden con el silencio...", fue el concepto que eligió Cristina para volver a enarbolar la bandera de la confrontación. Ustedes y nosotros, como si fuera aquella poesía liviana de Mario Benedetti. El problema es que las encrucijadas de los países no se resumen con literatura. En los "ellos" que enumera la jefa del kirchnerismo buscan marcar las diferencias. Y juntan a los fiscales convocantes del 18F con algún dirigente opositor o con alguna mujer que conserve antiguos nexos con la dictadura militar de hace ya más de tres décadas.
Nada de eso alcanza para frenar el impulso que la Marcha del Silencio viene tomando entre grupos de ciudadanos más preocupados por el estado de las cosas en la Argentina que por la próxima elección. En los "ellos" que estigmatiza la Presidenta están los amigos y la familia de Alberto Nisman, a quien increíblemente jamás les envió las condolencias. Es posible que el 18 de febrero, cuando marchen en silencio los que reclaman justicia para aclarar la muerte dudosa del fiscal de la AMIA, los que cantan en los patios de la Casa Rosada nunca se enteren. Pero el silencio suele ser un grito poderoso. Un alarido vital e insoportable para los que no quieren oír.

