Por Jorge Oviedo - STUTTGART (Alemania).- Las ofertas del hot sale entusiasmaron a muchos en la Argentina el fin de semana que pasó, pero parece que por obra de la inflación y el dólar anclado ha vuelto la temporada de descuentos en el extranjero. Ocurre especialmente con Europa. En la Argentina la inflación, en la más increíblemente optimista de las mediciones, que es la oficial, no baja del 20%. El área del euro ha estado los últimos años acercándose peligrosamente al riesgo de una deflación. En la Argentina, como se dijo, el dólar está "clavado" hace un año. Y con ello, todas las cotizaciones de las monedas extranjeras que, finalmente se trazan con una interrelación con la moneda de los Estados Unidos. Lo que se llama una tasa cruzada.
Y el euro ya no es lo que era. Si llegó a valer más de US$ 1,50 y hasta casi US$ 1,60, ahora está muy cerca del uno a uno. Se devaluó. Esa devaluación del último año ha tendido a más que compensar la devaluación de enero de 2014, que según Cristina Kirchner había que pedirle a otro gobierno, pero que ejecutó Axel Kicillof en tiempos de Jorge Capitanich como jefe de Gabinete.
Desde entonces, el euro se depreció frente al dólar y los precios internos argentinos se encarecieron en dólares y mucho más en euros.
En 2011, y hasta incluso en 2012, ya con el cepo en marcha aunque no en su actual nivel, se conseguían en ciudades nada baratas como París bienes y servicios por valores inferiores a los de Buenos Aires y en plena temporada alta. Eso cambió con la devaluación de 2014. El año pasado España y hasta la mucho más pobre Portugal tenían precios iguales o superiores a los de Buenos Aires.
En 2011 y 2012 había un problema. Era fácil parafrasear al comandante de la Apolo XIII, Jim Lowell, famoso por "Houston, tenemos un problema", y decir "Cristina, tenemos un problema (cambiario)". Ahora sería justo afirmar: "Axel, tenemos, otra vez, el mismo problema". ¿Por qué, si no, una botella de un buen vino mendocino iba a costar en un supermercado de descuento en esta ciudad más de 20% más que uno de la misma cosecha y calidad equivalente de un californiano de la muy conocida marca Familia Gallo".
No es raro que las economías regionales estén padeciendo. Es una rareza encontrar productos argentinos. Y los alimentos en el supermercado pueden hasta costar más baratos. Aquí o en Venecia, que está en plena temporada alta y con la inauguración al público hace apenas una semana de la mundialmente famosa Bienal de arte. La ciudad está atiborrada, los hoteles, colmados, en los restaurantes se hace cola, al igual que para entrar a las atracciones históricas y artísticas. Y así y todo se puede comer en restaurantes equivalentes a los porteños en calidad y servicio por precios parecidos. La ropa y los electrónicos, vale mencionar, han vuelto a ser increíblemente menos costosos que en la Argentina. La inflación en pesos hizo el pavoroso truco. Es parte de la complicadísima herencia económica que dejará el kirchnerismo convertido en cristinismo.
El cambio de uno a otro supuso pasar del tipo de cambio competitivo al peso sobrevaluado, del superávit fiscal al déficit, del desendeudamiento, al menos como eslogan, al endeudamiento, y de la baja a la altísima inflación, esa que según pronosticaba Cristina Kirchner, podía hacer "volar todo por el aire". Los pronósticos exagerados sobre posibles catástrofes están también en boca de la líder que acusa de lo mismo a todos los que la critican.
El Gobierno se endeuda para, después de más de una década de dilapidar en fierros viejos comprados en oscuras operaciones, traer unos trenes de China. Y toma fondos con bonos a cortísimo plazo con tasas de terror. Justo en el momento en que España, que según Cristina Kirchner pertenece a la "vieja Europa", que poco menos que se hunde, consigue financiamiento a tasas ridículamente bajas y Alemania al cero; sí, 0%.
El prestigioso semanario inglés The Economist, en la edición que está en circulación, recomienda a las economías más desarrolladas reducir el peso de sus deudas, que crecen porque se dan subsidios.
Extrapolando la nota, que no habla de tarifas públicas, puede pensarse en la Argentina: ¿quién pagará la deuda asumida para prestar servicios de transporte subsidiados? Sin duda, lo que no se pague en tarifas se pagará en impuestos.
Se entiende entonces por qué Cristina Kirchner mandó poner en las facturas de servicios con beneficio la advertencia de que se reciben subsidios del gobierno nacional y que en otras ciudades del mundo se pagaría mucho más. También podría mandar a poner en los recibos de sueldo de muchos: "Usted está pagando Ganancias como si viviera en Alemania, sepa disculpar las notables diferencias en contra suyo"..

