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Por Agustín
Monteverde - Pasados los comicios, es momento de analizar cuál podría ser el
nivel de equilibrio de la cotización del dólar tras la liberación del mercado
cambiario.
Sin lugar a
dudas, el triunfo de Mauricio Macri es estimulante para la economía. Pero en
ella se conjugan tanto las expectativas como la realidad de las variables
fundamentales. Por sí solas, las primeras no alcanzan a torcer una situación
desfavorable en los fundamentals.
Algunos han
asegurado que, en un mercado libre y unificado, el tipo de cambio se ubicará a
un nivel igual o inferior al valor actual del dólar blue. No es posible
defender u objetar estas afirmaciones sin antes examinar las condiciones en que
se hallarán las variables cuando el kirchnerismo deje el poder.
En primer
lugar, el blue está atrasado frente a la inflación. Desde mayo de 2003, en
promedio, los precios se multiplicaron por diez. El blue, en tanto, es hoy poco
menos de cinco veces el valor del dólar al momento de llegar Néstor Kirchner a
la Casa Rosada. Los precios son una referencia ineludible para pensar en un
tipo de cambio de equilibrio.
Por cierto,
los precios relativos actuales acumulan distorsiones groseras e insostenibles.
Un caso flagrante son las tarifas de energía y de transporte, que -cualquiera
sea la senda gradual de ajuste que se defina- sufrirán subas significativas.
Obviamente, estos aumentos tendrán efectos cascada sobre otros precios de la
economía.
Cuando se
busca explorar cuál puede ser el tipo de cambio de equilibrio, no puede
hacérselo con una perspectiva estática sino dinámica. El tipo de cambio de
equilibrio de hoy se corresponde tan sólo con los precios relativos de hoy;
nuevos precios dejan atrasado el tipo de cambio anterior. Esto significa que al
análisis debe incorporarse la segura suba de las áreas de precios atrasados,
como también los correspondientes impactos sobre el resto de los precios.
Esto no
termina aquí, pues se trata de fenómenos circulares, con variables que tienen
efectos cruzados. De la misma forma que las subas de precios de bienes y
servicios se reflejan en nuevos tipos de cambio nominales, la suba del tipo de
cambio también deja atrasado el previo aumento tarifario.
Si
examinamos la relación técnica entre volúmenes de pesos existentes en nuestra
economía y los dólares con que cuenta el BCRA, la conclusión no es auspiciosa.
La base monetaria se ubica en torno a $ 570.000 millones. Hoy todos nuestros
colegas distinguen entre reservas brutas y netas (propias), términos y
conceptos que establecimos años atrás, cuando fuimos los primeros en denunciar
la simulación de reservas que se comenzaba a llevar a cabo. Aun si tomamos las
versiones más optimistas, el ratio que arrojan en relación a la base monetaria
es varias veces superior al blue. Por nuestra parte, venimos advirtiendo desde
hace un par de meses que las reservas netas están en rojo, por no menos de US$
7000 millones. El Central está usando divisas que no le pertenecen, exigibles a
corto plazo.
Quienes
proponen el retorno a un régimen de flotación sucia para que el BCRA intervenga
y oriente el valor del dólar omiten un dato básico: no es posible incidir a la
baja en el mercado de un bien del cual se carece. La única posibilidad de
intervenir en el mercado sería con dólares obtenidos en préstamo. Las
dificultades operativas -bloqueo y riesgo de embargo- que supone nuestro
desacato frente a los tribunales de Nueva York y los tiempos mínimos que
requeriría destrabar el acceso a los mercados de deuda impiden recurrir a esta
vía. Por el volumen de fondos requerido, el Fondo Monetario sería un candidato
ideal para conceder una línea apropiada; pero la realización previa del
monitoreo que establece el artículo IV° de su Carta Orgánica demandaría varias
semanas.
Asimilar el
tipo de cambio con el valor actual del dólar blue implica suponer que éste
constituye un precio de mercado. Pero el dólar blue no refleja el juego de la
oferta y la demanda auténticas, pues es un mercado que ha estado intervenido.
Por un lado, tenemos la oferta de manos amigas abastecidas con dólares
correspondientes a importaciones (DJAI). Por el otro, está la oferta de
billetes comprados mediante el régimen de dólar ahorro. Sin estas fuentes, el
blue habría alcanzado cumbres desconocidas.
Resta
incorporar la política monetaria, que adoptando un papel contractivo pondría un
techo firme a la suba del dólar. Pero el ritmo de actividad y el déficit fiscal
ponen límites estrechos al margen de maniobra.
Lo expuesto
hace pensar sobre la forma en que se implementará la liberación del mercado
cambiario. La nueva administración podría liberar el tipo de cambio para
algunas transacciones y mantenerlo fijo para otras; con esto sólo compraría
tiempo a efectos de recuperar la oferta de divisas que permita descomprimir el
mercado. Para dotarse de cierta capacidad de intervención, podría sondear la
factibilidad de un crédito puente del Tesoro de Estados Unidos. De todas
formas, la intervención en el mercado significaría perpetuar la herencia K,
subsidiando un dólar atrasado, provocando distorsiones nocivas que presionarán
para un retorno a valores de equilibrio.
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