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Por Javier Blanco - La política monetaria y cambiaria que ejecuta el
Banco Central (BCRA) está fuertemente influida por las condicionalidades que le
impuso el manifiesto desmanejo de la gestión precedente.
Si algo caracterizó a la administración que llevó adelante Alejandro Vanoli
fue el récord de emisión espúrea que realizó para financiar un desbocado
déficit fiscal.
Por si fuera poco, esto se acompañó con una dilapidación final de las
reservas genuinamente acumuladas en los años en que el sector público no
cargaba sobre el privado su ya tradicional tendencia a los desequilibrios, sólo
destinada a tapar la magnitud que había alcanzado el atraso cambiario.
La gestión Sturzenegger quedó condenada entonces a transitar por un
estrecho desfiladero: ya estaba obligada a retirar pesos, para quitarle
combustible futuro a la inflación, y a hacer equilibrio con las tasas de
interés, para evitar que una mayor retracción en la demanda de crédito termine
profundizando la recesión actual.
Pero a eso debió agregar, en los últimos días, la necesidad de ponerle
límites a la escalada del dólar, aun cuando confiaba en que un equilibrio
propio de la plaza (propiciado mediante acuerdos para tratar de asegurar un
nivel de oferta de divisas mientras se mantenía cuotificada parte de la
demanda) lo relevase de esa tarea hasta que el mercado ingrese en su
"temporada alta".
La intervención cambiaria del Central, que significó sacrificar US$ 166
millones de las reservas en 96 horas, dejó en evidencia el fracaso de esa
estrategia que partió del supuesto de contar con los US$ 6000 millones que el
complejo agroexportador, según el ministro Alfonso Prat-Gay, se había
comprometido a liquidar en las tres semanas siguientes a la liberación del
cepo.
Pero, transcurridas ya nueve semanas, el aporte apenas supera los US$
5200 millones...
Ante la sostenida escasez de divisas, el mercado intentó ajustar el tipo
de cambio "palo a palo" con la inflación, lo que abrió el riesgo de
que ambas carreras se espiralicen.
Por esta razón, y aun a despecho de la frágil posición de reservas
líquidas que heredó, Sturzenegger supo que pasó a tener más incentivos para
intervenir -y fijarle un techo al precio de la divisa- que para mantener la
pasividad mostrada hasta entonces al respecto.
Por caso, la escalada del $ 13,91 al $ 15,42 que había llegado a marcar
anteayer el tipo de cambio de referencia anulaba totalmente el ahorro que tan
costosamente había obtenido el ente monetario al lograr pactar un desagio de
entre $ 1,25 y $ 1,75 en los contratos de futuros a vencer a fin de mes,
originalmente pactados a un promedio de $ 10,40.
Y la emisión extra a la que semejante ajuste obligaba amenazaba con
hacer imposible de cumplir la meta de reducir el ritmo de expansión monetaria
del 41% (que promedió en diciembre) al 25%, un logro que se había vuelto
posible tras haber retirado de circulación unos $ 130.400 millones en menos de
dos meses y con sucesivos ajustes a la baja en las tasas pagadas.
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